sábado, 5 de octubre de 2013

¿Cómplices o alternativos?

Siempre he sido un poco bocazas, lo reconozco. No he tenido la prudencia de callarme en muchas ocasiones que lo aconsejaban.
Especialmente en lo que tiene que ver con la percepción de la realidad social he creído que, aunque pudiera estar equivocado, debía decir siempre lo que pensaba, sin hacer concesiones a lo "políticamente correcto".
Probablemente, eso no ha contribuido a ganarme muchas simpatías.
Lo traigo aquí porque esta semana me ha tocado participar en un foro de reflexión con otras personas, dirigentes de distintas ONG y plataformas del llamado Tercer Sector de Acción Social (TSAS), con quienes debatíamos sobre la crisis, la democracia y la ciudadanía.
El debate discurría por una abierta -y justificada- crítica a los actores principales de esta crisis (que es una estafa): los poderes económicos y políticos que contribuyen, por acción u omisión, a que aumenten las desigualdades sociales, se pierdan derechos, se debilite la democracia...
Pero algunas voces nos invitaron a mirarnos al espejo, a pensar en nuestro propio papel en este momento que vivimos, y yo me sumé a esa mirada.
Creo firmemente que las ONG y las entidades del TSAS son piezas claves de la democracia, formas esenciales de la iniciativa social, que han cumplido y cumplen un papel fundamental en la mejora de la realidad, que apoyan y acompañan a personas y grupos especialmente vulnerables, etc., etc. He dicho y escrito mucho en defensa de estas organizaciones solidarias, destacando sus luces, así que no voy a justificarme.
Pero creo también que en España, en los años pasados, las ONG del TSAS, en términos generales y con las excepciones que existen, han sido demasiado complacientes con el poder, del que han estado más pendientes que de la gente, han entendido a las personas con las que trabajan o a las que dirigen sus acciones como usuarias y clientes, se han convertido en entidades prestadoras de servicios, renunciando a transformar la realidad, conformándose con "gestionarla", han competido entre ellas, han hecho suyos los valores, los lenguajes y las prácticas del mercado... han sido "políticamente correctas", cómplices del sistema.
Esto no debiera haber ocurrido nunca, pero en el momento presente no se sostiene.
No caben paños calientes ante la gravedad del tiempo que vivimos. No valen las medias tintas.
Por razones éticas, pero también estéticas, las ONG del TSAS tienen que hacer hoy una profunda revolución en sus formas de acción y de organización que las alejen de los despachos del poder, de las covachas del sistema, y las aproximen a la gente de a pie.
Pero, además, se han hiperinstitucionalizado y burocratizado, se han organizado de forma vertical y jerárquica, han descuidado la participación -interna y comunitaria- con el pretexto de la profesionalidad y la eficacia (como si debieran estar necesariamente en contradicción), se han instalado en sus zonas de confort renunciando a un cambio permanente y participativo de sus estructuras que debe ser una de sus principales señas de identidad.
Si las ONG del TSAS no son capaces de proponer y practicar algo diferente a lo que el sistema impone, si su papel va a a ser la beneficencia y asistencia para gestionar sus residuos, si ello les obliga a ser sumisas con el poder, entonces no son tan necesarias como ellas pretenden. Son solo un apéndice de un sistema injusto. No son parte de la solución, sino parte del problema
Lo que hace imprescindibles a las organizaciones solidarias no son solo, ni por si solos, sus valores, sus discursos. Son sus prácticas, sus formas de hacer y de organizarse, de cooperar, de animar el poder social, de fortalecer la capacidad crítica y la capacidad de respuesta de las personas, los grupos sociales, las comunidades... para construir Otro Mundo Posible.

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