viernes, 28 de diciembre de 2012

Feliz Consumidad!

Empezaré con un tópico: "no me gusta la Navidad".
Ya se que está tan de moda despotricar contra estas fiestas que resulta hasta vulgar, pero es la verdad.
El significado religioso de la celebración hace tiempo que se perdió, al menos para la inmensa mayoría de  la gente, quedando convertida en la fiesta del consumo y las comilonas.
Pero la cosa viene de lejos, antes de que se inventaran los belenes, se remonta a las celebraciones ancestrales del solsticio de invierno, cuando vivíamos en tribus y nos reuníamos por estas fechas para la matanza de los animales -que eran difíciles de alimentar durante los meses más fríos-  y nos hartábamos de comer carne fresca, por si acaso no teníamos otra oportunidad en los próximos meses de hambruna.
También está el antecedente de los "potlach", las fiestas en que los pueblos indios de la costa del Pacífico, y también en otras culturas, intercambiaban regalos como signo de prestigio social. Cuanto más regalabas, cuanta más comida repartías, más rico y poderoso demostrabas ser.
Así que, en estas fechas, debe activarse nuestra memoria genética y, rememorando a los ancestros, nos hartamos de comer e intercambiamos regalos. Y  como dice el Papa Noel maligno de la imagen, parece que el amor familiar haya que demostrarlo gastando.
Hay, sin embargo, abundantes argumentos para defender la Navidad, que si la ilusión de los niños, que si los encuentros familiares... Son razones poderosas, pero me pregunto si no es posible dedicar a la gente menuda mayor atención -y de mejor calidad- durante el resto del año o en estas mismas fechas, sin bombardearles a regalos, sin espolear sus instintos consumistas.
Y también me pregunto si no hay otros momentos posibles para el encuentro de las familias que no sea por obligación en fechas predeterminadas y sin contar con los deseos de las personas, hasta el extremo de que las peleas familiares navideñas hayan acabado por convertirse en un lugar común, objeto de chistes.
Personalmente, trato -a veces con poco éxito- de que mi escaso espíritu navideño no amargue las fiestas a quienes me rodean y, aunque sea sin entusiasmo, intento estar a la altura de las circunstancias, camuflarme en el paisaje y difuminarme en el ambiente general.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Volver

Vuelvo, en estas fechas señaladas, a mi madrileño barrio de Aluche.
Aquí viví más de 20 años, me casé y nacieron mis hijos.
Aquí creció mi conciencia social, al calor de las primeras asociaciones vecinales y la escuela popular de personas adultas que ayudé a levantar.
Aquí aprendí viejos tangos, como "Volver", y otras muchas canciones que cantaba con mi amigo Jose Ibarra a la guitarra (como siempre cantábamos en todos los festivales populares que se prodigaban en la época, nos anunciábamos como "Los de siempre").
El paisaje urbano sigue siendo hoy muy parecido al de entonces: un barrio periférico, lleno de bloques de viviendas modestas, con ropa tendida en sus fachadas, como los que se levantaban en muchas ciudades españolas en los 60 y 70.
Tan solo han cambiado los comercios, y hoy abundan los locutorios, en las panaderías se venden arepas y alguna carnicería se anuncia como "halal".
Callejeando, la música que sale por las ventanas son bachatas y ballenatos caribeños.
Los árboles del parque, que vimos surgir en un descampado lleno de ratas, son hoy mucho más altos y frondosos, y en esta mañana soleada de domingo se sientan bajo su sombra los inmigrantes polacos a compartir sus comidas típicas y matar la nostalgia del país lejano a base de vodka.
En mi barrio ha cambiado sobre todo el paisaje humano.
La población autóctona,  la que colonizó el barrio hace 40 años, ha envejecido. Me he acercado a la Asociación de Vecinos de Puerto Chico, una de las primeras que nació en los últimos años del franquismo, y en su puerta se anuncian "Talleres de Memoria" para combatir los efectos de la edad. Es todo un síntoma.
Mi barrio es -dice Nené- como la ONU. En él viven -ojalá que siempre en paz y armonía- gentes venidas de América Latina, de África y del Este de Europa.
Los niños que corren y juegan hoy por el parque tienen, sobre todo, rasgos indígenas y pieles oscuras o por el contrario son rubios y de pieles pálidas. En el colegio del barrio conviven más de 24 orígenes nacionales.
Junto a la dulce nostalgia de los años vividos, de las experiencias de juventud que fueron mi escuela de vida, paseando por el barrio siento hoy la emoción de un futuro mestizo e imagino, dentro de otros 20 años, a las nuevas familias que lo habitaran, los nuevos españoles y españolas que aquí nacerán, de sangres mezcladas, de raíces diversas.
No me produce ningún miedo, ningún rechazo, al contrario, me llena de esperanza en ese futuro mejor que nos aguarda.

martes, 18 de diciembre de 2012

Esto no puede seguir así

Debe ser que se acerca el fin del mundo.
La cosa es que cada vez me encuentro más gente -aquí y allá- que repite el mismo mantra: "esto no puede seguir así".
La otra mañana estábamos tomando un café en la Plaza Nueva, con Asier Gallastegi y un par de amigos, de los que te encuentras callejeando por el Casco Viejo (porque digan lo que digan los aborígenes, Bilbao es un pueblito). Uno de ellos no paraba de hablar excitado, citando al profeta Jeremías, aquél que pedía arrepentimiento al pueblo de Israel por sus pecados. Y repetía el mantra, reputeaba a los políticos inconscientes que nos han conducido hasta aquí, maldecía los despropósitos de esta sociedad de consumo que nos consume, se encabronaba por nuestra complicidad personal y colectiva con el sinsentido de un sistema que ha dejado de preocuparse por las personas y echaba pestes de quienes -como los antiguos israelitas- se niegan a ver el "desastre" que viene.
¿Desastre o liberación?
Si es verdad que esto se acaba...¡bienvenido sea! ¡Al fin vamos a poder dedicar nuestras energías -personales y colectivas- a construir un mundo nuevo, un mundo mejor!
Hemos de mirar al futuro con esperanza y con ilusión.
El derrumbe del mundo viejo producirá sin duda mucho ruido, pero es lo mejor que nos puede ocurrir.
Para quienes llevan siglos muriendo o sobreviviendo en los países empobrecidos, esquilmados, con carencia de todo, con violencia y hambre, perjudicados en el reparto de la riqueza, la diferencia no va a ser muy grande. No lo van a notar mucho. Es más,se librarán al fin de la bota occidental que apretaba su cuello y su futuro.
Sin embargo, para quienes hemos vivido en la abundancia y el derroche -a costa de la miseria de los otros- el dolor será grande. No será fácil pasar de la orgía del consumo a la escasez, a la austeridad, al decrecimiento.
Pero, superado el trauma de perder tantas cosas innecesarias, volveremos a encontrar lo esencial: las relaciones con los otros, la solidaridad, la cooperación, el apoyo mutuo, el reencuentro con la naturaleza, con nuestra esencia humana, con lo sencillo.
El presidente de Uruguay, Pepe Mujica, un político de esos que dignifican la política, lo explica mucho mejor que yo:

   
Pues eso, lo dicho, que este mundo viejo se vaya de una vez al carajo y ¡Feliz Mundo Nuevo!

martes, 11 de diciembre de 2012

El principio del mundo nuevo (1)

Ya se intuye, se adivina.
Aún es difícil verlo porque las señales son todavía débiles y dispersas.
Y muchos de los signos son desconocidos, incomprensibles para los ojos de quienes venimos del pasado, de los viejos valores y actitudes, de los viejos conceptos y categorías.
Además, el ruido del mundo que se muere nos aturde, nos impide escuchar los pasos del que llega.
Pero hay millones de pequeños indicios que anuncian el mundo que ya está naciendo en las entrañas de éste.
Ese mundo nuevo será el de la cooperación.
Frente a quienes han defendido -de manera engañosa y egoísta  que era la competencia la que hacía avanzar el mundo, cada día es más visible la fuerza incontenible de la cooperación.
Con perplejidad ante la paradoja, descubrimos que cuanto más se comparte -el conocimiento, el saber, los bienes materiales, el poder, la riqueza...- más se tiene.
Quienes guardan para si lo que poseen, quienes acumulan lo que no necesitan, quienes recelan y desconfían del otro, se hacen más y más pobres cada día que pasa.
El mundo nuevo será también el de la igualdad entre todas las personas, por el hecho de serlo.
Quienes afirmen su supremacía sobre otras -por su género, su raza, su posición social, su origen nacional, su religión, o por cualquier otra razón irracional- caerán en el ridículo y la vergüenza.
Quienes pretendan imponer por la fuerza, por la violencia, su propia afirmación mediante la negación del otro, recibirán el rechazo general y serán apartados de la vida común.
El mundo nuevo será el de la reconciliación con la naturaleza, con los demás seres vivos que pueblan el planeta, un mundo de respeto y cuidado a la madre tierra, que a su vez nos cuida, cuida la vida.
Será un mundo intolerante con las agresiones al entorno natural, no habrá pretexto o causa alguna que lo justifique. Por el contrario, el reencuentro con la naturaleza se convertirá en uno de los principios y fines de la acción humana, de la economía, de la cultura, del arte, de la política...
Si, tal vez no sea fácil el nacimiento de ese mundo nuevo. Seguro que el viejo se resistirá a morir. Probablemente no sea un camino llano, sin obstáculos, y demos pasos atrás para volver a emprender la marcha con más fuerza.
Tal vez se precisen muchos años para que el cambio sea masivo, universal, y llegue a todas las personas y a todo el planeta.
Tal vez hayamos muchas personas que no alcancemos a verlo en su plenitud.
Pero tened la certeza de que llegará. Ya está llamando a la puerta.
Con la fuerza de la historia y del devenir del ser humano, de nuestro inevitable y luminoso destino. 

martes, 4 de diciembre de 2012

Esperando el fin del mundo

Dicen que el mundo se va acabar dentro de nada.
Ya tarda mucho ¿no?
Yo estoy impaciente perdío, nerviosito, a ver si llega de una puñetera vez el finde (del mundo).
No es que no estuviéramos avisados, ya lo anunciaron los mayas, aunque para ellos los mundos se sucedían unos a otros sin pausa, como las secuelas de Viernes 13.
Para confirmar el acontecimiento, dicen otros -filósofos y sociólogos, que son como mayas pero sin pirámides- que estamos ante un cambio de era.
Pues ya era hora de cambiar de era: ésta se está quedando viejuna cada día que pasa, se le notan las goteras por todas partes. Ya no da más de sí.
Y, para completar el cuadro profético, hay un montón de gente (de la "new age") que dice que se va a producir una "confluencia astral" y está a punto de comenzar la Era de Acuario, que "traerá consigo una edad de hermanamiento universal arraigada en la razón, donde será posible solucionar los problemas sociales de una forma justa y equitativa, y con mayores oportunidades para la mejora intelectual y espiritual."
¡Chachi! ¡Genial! ¡Lo que nos hacía falta!
Total, que pase lo que pase el 21 de diciembre, será para mejor. Así que...¿quien dijo miedo?
Yo ya estoy preparando mis calzoncillos rojos (unos con unos dibujos de chiles que me regaló mi amigo Juan Carlos Nuñez) las 12 uvas y el cava para recibir como se merece al nuevo mundo.
Aunque, pensándolo bien, probablemente el mundo (el viejo) ya se ha acabado sin que nos hayamos dado cuenta. Es cierto que sus efectos perversos siguen afectándonos, pero es que las resacas son muy malas.
Ponemos la tele y lo que vemos y escuchamos son noticias de otro mundo que ya no existe.
En realidad, Rajoy, Rubalcaba, Angela Merkel... y toda su parentela son del viejo mundo, ese que ya se ha muerto, pero no se han coscao todavía, como en una película de zombis.
Por si acaso, recomiendo a mis "improbables lectores", que nos revisemos nuestras respectivas entretelas del alma para comprobar que no estamos muertos.
Es lo que pasa en todos los cambios de mundo, que cuesta notarlos, parece que no se ha ido el viejo y no acaba de llegar el nuevo.
Pero, como decía Edgar Morín, “todo comienza siempre con una innovación, un nuevo mensaje rupturista, marginal, modesto, a menudo invisible para sus contemporáneos… De hecho, todo ha recomenzado, pero sin que nos hayamos dado cuenta. Estamos en los comienzos, modestos, invisibles, marginales, dispersos. Pues ya existe, en todos los continentes, una efervescencia creativa, una multitud de iniciativas locales en el sentido de la regeneración económica, social, política, cognitiva, educativa, étnica, o de la reforma de vida. Estas iniciativas no se conocen unas a otras; ninguna Administración las enumera, ningún partido se da por enterado. Pero son el vivero del futuro.”
O sea, que más nos vale ponernos las pilas, buscar la llave Allen en la caja de herramientas y empezar a armar el mundo nuevo.
Y, eso si, permitidme que sea el primero en felicitarnos: ¡Feliz Mundo Nuevo!