lunes, 30 de julio de 2012

Modo Olimpico

Tengo que reconocer que las olimpiadas me ponen.
Lo mismo me trago la halterofilia femenina que el tiro con arco o el hokey sobre hierba, y me dan las tantas zapineando para no perderme nada.
No es una pasión patriótica ("¡Yo soy españó, españó, españó!"), pues en la mayoría de los deportes no pintamos un comino, sino otra emoción tal vez más perversa.
Debe ser una especie de fijación infantil, porque todavia recuerdo mis primeras olimpiadas televisadas, las de Roma en 1960, con toda mi familia -primas y primos incluidos- frente al televisor que acabábamos de estrenar, pendientes de la mítica marathón que ganó Abebe Bikila corriendo descalzo.
Aquella primera experiencia convirtió la cita olímpica en una tradición familiar -al mismo nivel que la retransmisión del Concierto de Año Nuevo en Viena y sus valses de Strauss- algo que no podíamos perdernos cada cuatro años y que nos reunía durante horas ante la tele, viviendo intensamente competiciones de deportes a los que no les volveríamos a prestar la más mínima atención durante los cuatro años siguientes: el salto de trampolín, la esgrima, el lanzamiento de disco, el piragüismo, el bandmintón o la gimnasia acrobática (entre otros).
Así pasaron Tokio, México, Munich y otras muchas ciudades, hasta Barcelona 92, que era como si te trajeran el circo a la puerta de casa. Aquél año hicimos acopio de víveres, acampamos frente a la tele y allí hacíamos toda nuestra vida familiar, salvo las pausas obligadas para ir al baño.
La pasión olímpica no alcanza, sin embargo, a los Juegos de Invierno, que -quizás por falta de tradición familiar- pasan desapercibidos en el calendario familiar sin que les echemos cuenta. ¿Vas a comparar?
Este año, en Londres 2012, la Revolución Tecnológica ha incorporado una gran innovación, y por primera vez presencié la ceremonia inaugural conectado por Twitter con un montón de amigos, comentando los distintos momentos del británico espectáculo, la cara de siesa de la reina de Inglaterra, el interminable desfile de las delegaciones con sus modelitos a cual más hortera (aunque una de las medallas, sin duda, fuera para la delegación española con sus colores patrióticos, sus corbatas damasquinadas y los claveles en el pelo de las chicas) y, como colofón, el misterio del encendido del pebetero.
No quiero imaginar como será la cosa cuando llegue Rio 2016 y llenen el estadio olimpico 10.000 garotas de Ipanema sambando al ritmo de los tambores, mientras flashean las 100.000 cámaras digitales del público.
La tecnología aporta algo así como una especie de "globalización" al rito familiar, elevádolo a la categoría de "cibercotilleo".
 En fin, no tengo mucho apuro en compartir estas perversiones domésticas con mis amigos y amigas lectores, pues al parecer esta pasión olímpica mía, es compartida con otros muchos "deportistas de sillón" tal y como retratan los geniales chistes de Forges, que, ante la prevista escasez de medallas patrias se lamenta hoy mismo con esta otra perla olímpica.
  

martes, 24 de julio de 2012

Espe No Odas (Anti-Oda)

Mamandurria
zurraspa mangancia
modorra cazurra
zurulla pedorra
bambarria bandurria
zorruna mandona
pezuña cabruna 
ceporra mamona
bandarra capulla
canalla mangona
cagueta repugna
casposa cenutria 
rechufla perruna
vomita pestucia
chulona boluda
farfulla chanchulla
mafiosa choriza
japuta chotuna
cateta chamulla
cagarro rebulla
rechoncha pazpuerca
tontaina paturra

Paradigma de la doblez y la mentira, Ella no se calla. 
Es una provocadora que ha hecho de la chulería un estilo político. 
Una virtuosa de la manipulación y la mamandurria.

viernes, 20 de julio de 2012

En la mani

Miles de personas, en la Avenida de Cádiz, protestando contra los recortes.
He participado en muchas manifestaciones. Ventajas o inconvenientes de peinar canas.
Para pedir el fin de la dictadura, para reclamar la amnistía, por el 1º de Mayo, para defender la salida de la OTAN, para protestar contra la guerra (la que tocara en cada momento), contra la ley de extranjería, para reclamar una vivienda digna, por una democracia real...
No sigo porque se me acaba el papel y no terminaría la lista.
El caso, ya digo, es que me ha tocado salir a la calle muchas veces a levantar la voz con otras gentes.
Y, desde que tengo memoria, he escuchado siempre esa vieja cantinela -que propagan quienes no quieren molestarse o quienes temen a la ciudadanía en las calles- de que "las manifestaciones no sirven para nada". Claro, sera por eso que les gustan tanto a quienes gobiernan.
Una manifestación -sobre todo si es multitudinaria, como las del 19J en toda España- es algo muy especial.
Sirve, de eso hay pocas dudas, para ir transformando conciencias y sumando voluntades, para construir mayorías que -antes o después- producen cambios sociales o políticos.
Pero, además, es una experiencia personal y colectiva de alta intensidad emocional, que nos conmueve, nos excita, nos exalta, nos hace sentir parte de algo grande, de una colectividad poderosa, del "pueblo unido" que "jamás será vencido".
Los gritos y consignas de las manifestaciones son todo un género literario, como ese clásico "pueblo unido" -nunca ha de faltar en una manifestación que se precie- que empezamos a escuchar en el Chile de Allende y se ha universalizado y traducido a mil idiomas, convirtiéndose en patrimonio de toda la humanidad.
Las mejores consignas han de rimar, en ingeniosos pareados que puedan corearse fácilmente, transmitiendo un mensaje claro. Algunos de los últimos hallazgos son el acertado "¡A ti que estás mirando, también te están robando!", el adecuado "¡El próximo parado que sea un diputado!", o el tan gaditano: "¡Que el viento de Levante se lleve a los mangantes!".
Luego, las manifestaciones son entidades vivas y cambiantes. Si te mueves por ellas, de un grupo a otro, descubres distintas emociones y formas de expresión: los bloques compactos que corean disciplinados las consignas, los grupos bullangueros que se acompañan de batucadas y charangas convirtiendo la protesta en una fiesta gozosa, las zonas familiares donde abundan los carritos infantiles y se reparten meriendas, los grupos alternativos que queman  hierbas olorosas y liban de litronas solidarias, los bosques de banderas partidarias y las pancartas oficiales junto a las pancartas caseras, personales e intransferibles, repletas de ingenuo ingenio...
Ayer, una de estas pancartas artesanales deseaba una anticipada "Feliz Navidad a Donald Trump", que traduciremos como "solo habrá Navidad para los millonarios", en línea con la constante alusión a los Reyes Magos, a los que se  vaticinaba un futuro de parados.
En una manifestación de esas que los periódicos llaman "históricas" se reunen y combinan militantes de toda la vida y jovencitos primerizos, perroflautas y yayoflautas, señoras de domingo del brazo de su esposo y parejitas de enamorados que marchan de la mano, grupos familiares y solitarios de paso...
Cuanto más se parecen a la calle, a la mezcla de gente que puebla la vida cotidiana, más auténticas son las manifestaciones.

domingo, 15 de julio de 2012

Armas de cachondeo masivo

Quiero agradecerle a la diputada Andrea Fabra su sinceridad (o, tal vez, debiera decir: su "franqueza").
En esta edad de oro del eufemismo, cuando quienes gobiernan nos dan cada día gato por liebre, ella ha tenido el coraje de decir -sin pelos en la lengua- exactamente lo que piensa (ella y, probablemente, la mayoría de la mayoría).
Pero, además, sin querer, ha logrado resumir en tres palabras la que me parece una eficaz estrategia de contestación ciudadana: la estrategia "¡Que se jodan!" (ellos y ellas, o sea: quienes pretenden que nos jodamos los demás).
Hace algunas semanas ya proponía una primera medida en esa línea: hacer desaparecer, por arte de mágia, a quienes nos imponen sacrificios entre aplausos.
Pero, por mucho que intentemos hacerlos invisibles, sus decisiones consiguen amargarnos la vida, y cada día somos más y más las personas que vivimos con angustia, deprimidas, desanimadas... por culpa de una crisis en la que no tenemos culpa alguna pero que nos quieren hacer pagar a toda costa.
No podemos hacer como si nada, limitarnos a ignorarlos, aunque no sea realista pedirle a la gente que salga todos los días a la calle a protestar o a ser aporreada por la policía.
El resultado es el agotamiento, la quemadura, más desilusión y más desánimo.
Asi que me pregunto cómo hacer para combinar la imprescindible contestación ciudadana con la diversión y el disfrute del personal.
Y se me ocurre que, junto a la invisibilidad, otra medida de la estrategia "¡Que se jodan!" sería la que podríamos llamar "Vergüenza para Sin-vergüenzas" que tendría por objetivo hacer chufla de quienes consideran que "no han de tener vergüenza" por una gestión política que consiste -básicamente- en el incumplimiento sistemático de todas sus promesas electorales.
La cosa consistiría en utilizar todos los medios posibles (las redes sociales, twitter, foros de opinión en los medios digitales, llamadas a la radio, cartas al director en los periódicos...), y en vivo y en directo, cuando ello sea posible, para tomarse a pitorreo las medidas, incumplimientos y abusos del gobierno.
Por ejemplo, lejos de pedir la dimisión de Andrea Fabra, solicitar que sea nombrada "Hija Predilecta de Castellon" por su sensibilidad y elegancia política, o proponer que a su padre le sea concedido por decreto ley el premio gordo de la lotería a perpetuidad.
En vez de abuchear a la Sra de Cospedal (o a cualquier otro procer de la patria) cuando acuda a un acto público, recibirla con una lluvia de risas mientras el personal se retuerce por los suelos, acudir a sus mítines para romper a aplaudir y gritar "¡Tu si que vales!" en los momentos menos adecuados del discurso. O convocar procesiones rogatorias -invitando al señor obispo a presidirlas- con pancartas que pidan un milagro a la Virgen del Rocío para acabar con el desempleo.
En fin: utilizar el humor y el ridículo como arma de cachondeo masivo.
¿Qué os parece?
¿Se os ocurren otras iniciativas posibles en esta línea? 

sábado, 7 de julio de 2012

La noche que murió la abuela

La noche que murió la abuela me despertaron los llantos en el pasillo.
Poco después, mamá entró en mi habitación, encendió la luz de la mesilla, se sentó al borde de la cama y, acariciándome el pelo, me dijo: "Miguel, hijo, la abuela se ha muerto".
Mi primera reacción fué de estupor, de desconcierto, pero el rostro desencajado de mamá, su voz quebrada, sus ojos enrojecidos me estremecieron y me eché a llorar.
Ella me abrazó, consolándome, mientras me decía al oido que la abuela estaba ahora en el cielo, con los angelitos, y que cada vez que yo rezara me escucharía desde allí.
Cuando ya me había calmado un poco, me dijo: "ven a darle un beso", me ayudó a ponerme la bata y las zapatillas, y peinó mi pelo revuelto con sus dedos.
La casa estaba llena de gente. La tía Concha y la tía Amparo lloraban abrazadas en la salita, mientras los tíos fumaban silenciosos al fondo del pasillo. Sentados en el comedor había varios parientes viejos que yo apenas conocía.
Todos me abrazaban y besaban, entre lágrimas y lamentos: "pobrecito, que ha perdido a su abuelita".
Papá despedía junto a la puerta a don Rafaél, el médico de la familia, que no había podido hacer otra cosa que certificar aquella muerte inesperada.
Yo me agarraba con fuerza a la mano de mamá, recorriendo el largo pasillo, como si entrara en un mundo desconocido, sin saber qué me esperaba tras la puerta del cuarto de los abuelos.
Todo estaba allí en penumbra, iluminado tan solo por las velas que se repartían por las mesillas y la cómoda.
En un rincón, un cura, vestido con roquete y estola, hablaba susurrando con el abuelo cabizbajo y abatido.
Dos mujeres mayores vestidas de negro, no recuerdo ahora quienes eran, rezaban en voz alta y monótona el rosario, sentadas junto al balcón.
Y tendida en la cama, envuelta en una sábana que solo dejaba ver su rostro, como las momias del libro de historia, estaba la abuela muerta.
Mamá me empujaba hacia ella, mientras repetía: "dale un besito, hijo".
Pero yo sentía mucho miedo y no quería soltar su mano.
"No tengas miedo, está como dormida. Despídete de ella."
Haciendo acopio de valor, empujado a lo inevitable, me arrimé despacio a la cama y acerque los labios a su rostro blanco y afilado.
La piel estaba fría, como una piedra helada.
Hubiera querido salir corriendo de allí, alejarme deprisa de aquél cuerpo sin vida, que ya no era la abuela.
La escena de la muerte de mi abuela, cuando yo tenía 9 años, me ha acompañado toda la vida. Fué la primera vez que me encontré cara a cara con la muerte. Este relato, literario, evoca los sentimientos y emociones de aquella noche.