lunes, 28 de mayo de 2012

Patriotas de casapuerta

No, definitivamente, no soy patriota.
Tal vez fuí vacunado por una infancia y una juventud  de excesos retóricos, de empacho de banderas, himnos y discursos.
Una vacuna de estrafagamiento patriótico.
Comprendo, claro que si, a quienes defienden su identidad cultural, su lengua, su folklore, su idiosicracia y su historia colectiva... porque creo que la diversidad -también en la cultura- nos enriquece a todas las personas, al conjunto de la humanidad.
Me parece un auténtico desastre que se pierda una lengua o una cultura, por minoritaria que pueda ser, para disolverse en el pensamiento único, en el puré de la homogéneidad global y de la colonización cultural (en inglés, of course).
Busquenme siempre para defender, donde sea preciso, la diversidad.
Y amo a mi país, a sus paisajes y a sus paisanajes, diversos y contradictorios. Me siento orgulloso de la sucesión de mestizajes que recorren su historia.  
Pero de ahí al patriotismo hay -al menos para mi- una distancia enorme.
Todos los patriotismos destilan -en mi opinión- un tufillo de superioridad (que esconde fácilmente un complejo de inferioridad), una afirmación de lo mío por encima de lo ajeno y, con frecuencia, una pérdida del sentido autrocrítico para entregarse a la exaltación irracional del propio ombligo. 
Y es que, además, no solo hay patriotismos referidos a una nación, un pueblo, una raza, es que abundan los patriotas de su pueblo, su barrio, su calle y hasta su casapuerta.
Lo suyo es siempre lo mejor, aunque no conozcan -y no quieran conocer- nada más que lo suyo.
Veo en la televisión y los medios de comunicación a patriotas insignes que se indignan porque se pite un himno o se queme una bandera, pero les importa un pimiento que en su "patria" haya gente con hambre, se degrade la educación y la salud, o se desaucie a familias enteras...
Veo a muchos estafadores de cuello blanco que se envuelven en la bandera para robar a sus conciudadanos, a muchos (y muchas) politiquillos populistas que excitan las más bajas pasiones patrioteras del personal para enmascarar su propia ineptitud o corrupción.
Tal vez me haya quedado anclado en aquella definición de la patria que, hace muchos años, cantaba Chicho Sanchez Ferlosio y, después, Quilapayún:

"Dicen que la patria es
un fusil y una bandera.
Mi patria son mis hermanos
que están labrando la tierra."

sábado, 19 de mayo de 2012

¡Abracadabra!

Comentaba hace un momento con mi amigo Esú el mal cuerpo que se nos pone cuando vemos en la tele o en los periódicos a los "señores de la crisis": Rajoy, Montoro, Guindos... aunque también pueden ser "señoras", como Cospedal, Sáez de Santamaría, Aguirre...
Y existe una "versión internacional" de los mismos personajes, como las señoras Merkel o Lagarde y los señores Sarkozy, Van Rompuy, Durao Barroso, Trichet, Draghi...
Hace algún tiempo tenían otras caras y otros nombres (Zapatero, Fernandez de la Vega, Solbes, Salgado...) pero, unos y otras son las personas y las caras que llevamos viendo en los medios desde hace cuatro años, anunciándonos un presente oscuro y un futuro negro, castigándonos -"por haber vivido por encima de nuestras posibilidades"(¡¿quien?!)- con recortes, subidas de impuestos, pérdidas de derechos, precariedad, miseria, miedo, represión...
Son pájaros de mal agüero, buitres carroñeros que nos imponen sacrificios sin que parezca que a ellos y ellas les afecte en exceso.
De hecho, se las apañan para salir siempre a flote -como la mierda, dice Esú- con jugosos sueldos (véase la Sra Cospedal), indemnizaciones de fábula (véase al Sr. Rato -¡por hundir un banco!) o recolocaciones millonarias (véase a la Sra Salgado o al Sr. Solbes).
Y, en consecuencia, tienen serias dificultades para perder la sonrisa. Así que, cuando aparecen en la tele o en los periódicos riéndose o bromeando entre si, nos preguntamos...pero ¿de qué coño se ríen?
Corre por las redes sociales una propuesta para que quienes se dedican a la política y la gestión pública pasen a cobrar -mientras dure la crisis y hasta que encuentren la solución para ella- el salario mínimo. Es más que probable que -en tiempo record- se pusieran de acuerdo para poner en marcha las respuestas adecuadas y eficaces. Pero es dudoso que vayan a aceptar la propuesta, sobre todo porque -ya digo- no parece que la crisis les vaya tan mal.
Así que se me ha ocurrido otra solución: ¡hacerles desaparecer!
Nos pondríamos de acuerdo toda la ciudadanía, concentrándonos en las plazas públicas y gritando al mismo tiempo la palabra mágica: ¡Abracadabra!
Y a partir de ese momento, los haríamos desaparecer de nuestras vidas para siempre, como si nunca hubieran existido.
Cuando viéramos alguno de sus "fantasmas" aparecer en la televisión, la apagaríamos al instante, y pasaríamos la página del periódico o cambiaríamos de emisora en la radio, si intentaran reaparecer.
No volveríamos a mencionar sus nombres y empezaríamos a vivir sin ellos, sin contar con ellos y ellas, acordando las soluciones  para "salir de la crisis" con nuestros propios medios, compartiendo lo que hay, olvidándonos de sus recetas venenosas, construyendo colectivamente alternativas a las formas de vida, producción y consumo que se han demostrado tóxicas, suicidas.
Tal vez esto sea un fantasía, pero...¿no sería fantástico?

sábado, 12 de mayo de 2012

Maestro de ternuras


Tenías un secreto
y nunca lo supimos, o tal vez no quisimos
saberlo, de tan simple: Te regalabas todo,
a todos, cada instante. Dejabas en nosotros
tesoros que no vimos hasta notar su falta.
Y nos sentimos pobres ahora que te has ido.
Nos falta tu sonrisa, tus abrazos de oso,
tu forma de escucharnos. Sabemos que nos faltas
y nos sentimos pobres entre tanta riqueza:
Nos quedan tus poemas, tus partituras mudas
en el atril del piano, tu prosa reposada.
Nos queda todavía el tacto de tus manos,
el calor que nos diste, la amistad que mimabas
como flor delicada, jardinero de afectos.


del poema "21 de junio", de Jose Antonio Abella, dedicado a Jorge de Ortuzar.


El gordo Jorgito era un todo un personaje. 
Grande, tierno, amoroso, guapo, elegante como un gentelman inglés, sensual, expansivo, auténtico...
Se entregaba igual a la risa que al llanto: todo entero, sin reservas.
Era un tipo apasionado que amaba la literatura, la música, la pintura... y cualquier forma de belleza. Era un ser emocionado y emocionante que contagiaba su sensibilidad extrema.
Y, como dice el poema, se regalaba a los amigos con una generosidad sin límite.
Fué poeta y compositor, columnista, crítico, director de coros, profesor de piano y de expresión corporal, vendedor de libros y mil oficios más que exigía la supervivencia.
Hace ya más de treinta y cinco años, fue mi maestro de besos y de abrazos entregados, me enseñó a no temer las caricias y los gestos de amor entre amigos.
No es posible resumir todo lo que aprendí de él, lo que descubrí, lo que crecí con él... lo importante que fué, para mi sí, pero también para tantas y tantas personas que lo conocieron y lo amaron, y fueron amadas por él.
¡Cuantas horas de charla, de guitarras y canciones, de vinos, de ternuras...!
Hubiera cumplido 63 este año, pero hace 15 que se fue, un 21 de junio, ¡el Día de la Música!
Pocas semanas antes, como si lo intuyera, hizo un largo viaje visitando a sus amigos desperdigados por el mapa, y vino a Cádiz a conocer nuestra casa y a repartir abrazos.
Hace un par de noches vino a verme en sueños y nos fundimos en un largo abrazo de oso, como los que él prodigaba. Me desperté con una sonrisa que llenaba mi cara, consciente del privilegio de haber conocido al gordo y a otros amigos queridos que han sido mis maestros en lo mejor que soy.

(Con el recuerdo emocionado a Estela y a las chicas)   

martes, 8 de mayo de 2012

Rompiendo la invisibilidad y el silencio

Ya he contado aquí alguna vez que tengo un grupo de amiguetes de los llamados "personas sin hogar", hombres -como la mayoría de quienes están en esa situación- que llevan en su equipaje vital la dura experiencia de vivir o haber vivido en la calle.
Las suyas raramente son románticas historias de vagabundos.  
Su historia es, frecuentemente, de alcohol, drogas, cárceles... y, sobre todo, de rechazo, de pérdidas, de soledad.
Casi todos han vivido -con mucho dolor- la experiencia de perder a sus parejas, a sus hijos, sus familias, sus amigos, sus relaciones sociales.
Compartimos en ese grupo un proyecto común: hacer un blog que sirva, a ellos, para romper el silencio, para expresar sus sentimientos y vivencias, para contar su verdad. Y, a quienes no hemos vivido nunca en la calle, nos sirva para entender lo que sienten esas personas sin hogar con las que nos cruzamos y a las que, a menudo, hurtamos la mirada -haciéndoles invisibles- o les dedicamos una mirada de asco, de desprecio, o de compasión paternalista, desde la altura y la suficiencia de nuestra falsa superioridad.
No es una tarea fácil hacer colectivamente ese blog.
Está, en primer lugar, la cuestión difícil de decidir de qué queremos escribir, qué experiencias, qué emociones, qué pensamientos... queremos compartir.
Luego, está la tarea de ordenar las ideas, que si no es fácil para cualquier persona, es más difícil todavía para quienes han castigado duramente sus neuronas y se han asomado a menudo al precipicio de la depresión, la desesperación, la locura...
La cabeza da vueltas y las ideas se cruzan y confunden.
Y, para rematar la faena, queda la misión imposible de escribir, de traducir en palabras, en frases con sentido, aquellas ideas que hemos conseguido rescatar del tiovivo de nuestra mente.
No tenemos práctica de pensar, y mucho menos de escribir lo que pensamos. Y, además, estos hombres, en su mayoría, tampoco frecuentaron la escuela.
Por si todo eso no fuera suficiente, están las "tecnologias de los guevos", que se suman a la carrera de obstáculos. 
Y todo eso, mientras trabajamos en equipo, y aprendemos a escuchar -y respetar y valorar- las voces de los otros y aprendemos a apoyarnos mutuamente (el que escribe con mayor facilidad, el que se maneja con las tecnologías, el que saca fotos...).
No se cuanto durará nuestro proyecto, ni cual será la huella que dejará en estos hombres, en qué medida les ayudará a reconstruir los vínculos con esta sociedad que les echó a la calle un día.
Si se lo que significa para mi, cuanto aprendo de ellos cada tarde que compartimos, todo lo que me regalan sus voces generosas.
Quiero invitaros a que conozcáis ese blog, y, sobre todo, a que dejéis allí vuestros comentarios. Son muy importantes para esos amigos: son la prueba de que alguien les escucha y da valor a sus historias, a sus personas, desvelando la invisibilidad que les rodea.