viernes, 24 de junio de 2011

Izquierda

Saul Alinsky decía: "primero la organización, luego el programa".
Y, efectivamente, las ideas, los objetivos son imprescindibles para poder cambiar el mundo, pero si no tienes capacidad para llevarlos a cabo se quedan convertidos en meros deseos, aunque sean buenos.
Así que el viejo organizador de la lucha por los derechos civiles, en los EEUU de los años 60, defendía que el primer paso era sumar voluntades, agrupar fuerzas, construir organización, para -desde ella, desde el "poder" que ella implica- ir definiendo, paso a paso, los objetivos a conseguir (el programa).
Ese proceso organizativo, de agrupamiento de fuerzas -decía Alinsky (y todas las personas sabias que he tenido la suerte de conocer)- ha de hacerse desvelando las necesidades y problemas reales de la gente, partiendo de la realidad cotidiana.
Y los objetivos de cambio que definamos deben ser "para el éxito", han de estar al alcance de nuestra organización, de su  fuerza y sus capacidades, porque  los objetivos que no se pueden conseguir solo generan frustración y desencanto.
Asi que, quienes queremos transformar el mundo -en nuestro barrio, pero también en todo el planeta- tenemos por delante el reto de agruparnos y construir las formas de organización imprescindibles para poder lograrlo.
Y organización significa unidad... capacidad de encontrarnos en un "mínimo común multiplicador" que nos mueva a avanzar colectivamente en la misma dirección.
Este es uno de los retos más importantes que enfrenta el movimiento 15M ¿Cómo se articulará? ¿En qué formas organizativas cristalizará?
No lo tiene nada fácil, aunque conservo a punto, dispuesta, toda mi capacidad de sorpresa. 
Porque la historia de los movimientos transformadores, revolucionarios, la historia de la izquierda está llenita de divisiones, disputas, escisiones, fracturas, peleas internas... repleta de personajes "siniestros".
Están quienes son tan puros que no están dispuestos a negociar ni una coma de sus principios, aunque se queden solos, aunque no avancen un solo palmo.
Están quienes viven en un convencimiento tal de sus propias verdades que no esperan otra cosa sino que el resto de la gente se rinda a la evidencia y se sume a su proyecto.
Están quienes desconfían de las otras personas en quienes suponen siempre ignorancia, intereses ocultos o tendencias a la manipulación... y por eso prefieren adelantarse y ser ellas quienes manipulen a las demás.
Están quienes se suben con facilidad al discurso de la participación y la democracia, pero ejercen -en su vida particular y en la vida organizativa- los modos más autoritarios/as e impositivos/as.
En fin, la historia de la izquierda abunda en personalismos, protagonismos, autoritarismos, sectarismos, dogmatismos, cainismos, revanchismos...
Uno de los rasgos más caracteristicos de la izquierda ha sido la aparente incapacidad esencial para escuchar al otro, al diferente. A menudo la izquierda -en sus diferentes facciones- ha sido más dura y cruel, más intransigente con quienes eran afines y cercanos que con sus antagonistas.
De esta bronca histórica que me estoy marcando no se libra nadie: ni los socialdemócratas, ni los comunistas, ni los anarquistas... todos han dejado sobradas pruebas de sectarismo y exclusión.
Y en nuestro presente más cercano, a veces (solo a veces), se adivinan tentaciones parecidas también en las "nuevas izquierdas", incluyendo a los ecosocialistas e incluso a ciertos sectores de "los indignados".
Cuando se habla de reconstrucción, reinvención o refundación de la izquierda, la tendencia suele ser mirar al de al lado: Que cambien ellos o ellas. 
Pero -lo seguiré repitiendo una y otra vez, a ver si de tanto repetirlo...- la Revolución empieza por una misma y por uno mismo, por el propio grupo de afines, por la propia organización, por la propia tendencia o partido político, por la parte de la izquierda que te pilla más cerca.
Si no consigues cambiar tu y tu organización... ¿vas a lograr cambiar el mundo?

viernes, 17 de junio de 2011

Deprisa, deprisa...

En muchos aeropuertos y estaciones ferroviarias, cada vez más, existen unos pasillos rodantes para recorrer las grandes distancias entre una y otra terminal.
Te subes a ellos, acarreando tus maletas, te colocas discretamente a la derecha y te dejas llevar.
O, si tienes mucha prisa, avanzas por el espacio de la izquierda para sumar tu velocidad a la del pasillo.
Claro que, en ambos casos pero especialmente si vas caminando, cuando se acaba la cinta fácilmente corres el riesgo de salir despedido y dar con tu cabeza y tu equipaje en la luna del "free shop" que se anuncia allá al fondo.
Recupero ahora esta imagen porque siento que el tiempo corre, ultimamente, muy deprisa.
Se me escapa de las manos.
Todo ocurre a una gran velocidad.
Sin darme oportunidad de mirar a mi alrededor, a las otras personas, al paisaje.
Deprisa, deprisa.
Estos que vivimos son, sin duda, tiempos de cambio. Cambios profundos en todos los órdenes. Todo cambia.
Cambios sociales, si, pero también -por eso- personales.
Porque nada de lo que ocurre en nuestro entorno, en esta sociedad "glocal" nos es ajeno.
Todo nos influye y nos importa. Todo nos construye. Incluso cuando no somos conscientes de ello.
Nuestro mundo está cambiando cada instante.
Hay quienes se resisten, quienes se niegan a esos cambios, quienes pretenden mantener inamovible la realidad... inutilmente.
Cuando se quieren dar cuenta, todo es diferente.
Y ellos o ellas se han quedado convertidos en rígidas momias.
Pero tampoco es fácil para quienes quieren -queremos- acompañar esos cambios.
Como en el pasillo rodante, el vértigo puede llegar a atraparnos, nuestra visión se nubla, todo es borroso, todo se confunde.
Y podemos sentirnos perdidos.
Echo de menos una pausa, que el tiempo, que el pasillo se detenga un instante, para tratar de comprender.
Pero no es posible.
Solo cabe dejarse llevar.





Estos días se escuchan muchas voces que -de forma abierta o solapada- se niegan a aceptar los cambios que vienen. Dicen que las cosas son como son, que no hay alternativa. Piden moderación y sensatez a quienes reclaman otro mundo. Denigran a quienes no se conforman. Apelan, sin vergüenza, al orden o a la democracia, aunque lo que defienden de verdad son los privilegios, la violencia de unos pocos.
Siento que todo se ha dicho ya. Y siento que el pasillo rodante de la historia les "escupirá" al final de la cinta, por mucho que se resistan.

viernes, 10 de junio de 2011

La Soledad del Corredor de Fondo

Parece que el paso de los días y la prolongación de las acampadas del 15M empiezan a desgastar los ánimos, y emergen los naturales conflictos que se derivan de la convivencia humana.
Así se refleja en varios artículos de prensa que ponen en evidencia la dificultad de construir consensos, o en testimonios personales que manifiestan su decepción, y se dan de "baja del movimiento 15M".
Pienso que, probablemente, no existe tarea más difícil que construir diálogos y consensos en el marco de una asamblea masiva, en la que confluyen personas tan heterogéneas y diversas como las que participan por todo el país en el 15M.
Se pasan de ingenuidad quienes creen que el solo recurso a los métodos asamblearios supone una superación automática de las tentaciones de protagonismo, imposición, manipulación... y que implica una inmediata capacitación de quienes participan en las habilidades sociales de escucha, respeto, capacidad de negociación y consenso, etc., que son fundamentales para cualquier construcción colectiva.
En mi opinión, los milagros no existen, y creer que en algo menos de un mes -desde el 15M- se iban a producir -por arte de birlibirloque- un cambio en los valores, actitudes, hábitos, costumbres, comportamientos, vicios y virtudes... personales y colectivos de la ciudadanía, o de una parte de ella... es creer en los milagros.
Los contravalores, los comportamientos egoistas e insolidarios, las actitudes incívicas, el irrespeto, la falta de escucha, etc., están absolutamente interiorizadas en nuestras cabezas y nuestros corazones.
Por eso, también, están apareciendo en el 15M las primeras expresiones de fragmentación, sectarismo, patrimonialización, descalificación del diferente, etc., que han acompañado siempre la ya larga historia de los movimientos sociales y de la izquierda.   
La primera e imprescindible revolución que hemos de hacer es la nuestra, la de cada uno y cada una. Una auténtica Revolución Etica.
Si no cambiamos las personas, no cambiarán nuestras asambleas, nuestras organizaciones, nuestros gobiernos, nuestras sociedades.
Si no cambiamos las personas, otro mundo no es posible.
Pero, además, los cambios han de producirse  no solamente en los miles de personas que participan en el movimiento 15M. Porque, nos guste o no, somos solo -todavía- una inmensa minoría social.
Los cambios de conciencia, de valores, de actitudes y comportamientos han de alcanzar a una mayoría social que está por construir.
Y ello exige tiempo, paciencia y constancia.
Esta no es una carrera de velocidad, sino una carrera de fondo.
Los cambios que se precisan van a costar mucho esfuerzo.
Lo siento por quienes pensaban que lo del 15M era coser y cantar y que, en unas pocas semanas, habríamos logrado nuestros objetivos.
Pero no cabe desalentarse cuando surgen las primeras (ni las segundas, ni las terceras, ni las...) dificultades.
Claro que hay (y seguirá habiendo) gente que trata de instrumentalizar y manipular -desde las viejas actitudes sectarias- el movimiento, claro que hay gente que dice estar enamorada de las asambleas pero en su corazón piensa que es ella la que tiene la razón, la verdad, y buscará cualquier forma para que ésta -la suya- prevalezca, claro que hay gente dispuesta a dividir en nombre de la unidad.
Y esto no ha hecho más que empezar.
Cuanto más "éxito" tenga el movimiento, más gente interesada en aprovecharse de él habrá.
Porque, insisto, no se trata -solo- de que cambien "las otras personas", sino que tenemos que cambiar también "nosotras".

sábado, 4 de junio de 2011

La Asamblea

Casi todos los días, a eso de las 7 y media, me voy caminando hacia la plaza.
Al llegar encuentro a mucha gente charlando en pequeños grupos, esperando a la asamblea.
Es gente diversa. Muchos jóvenes, si, pero también de todas las edades, y gente madura que, como yo, no quieren perderse esto.
Saludo a quienes conozco de otras movidas sociales y también a quienes voy descubriendo día tras día.
He hecho amistad con un coleguita muy jóven -al que algunos medios de comunicación llamarían "perroflauta"- que desde el primer día se significó por su entusiasmo y por una insólita voz poética.
El fué el que, asamblea tras asamblea, se preguntaba, como perplejo: "Porque esto es una revolución ¿no?".
Lleva unos días con el ánimo bajo.
Me dice: "Loco, estoy desbordado. Mi cabeza no para. Ya no doy más. Tengo miedo de no hacerlo bien. Si me dejo llevar, a veces me iría, pero otras veces me quedaría."
Le digo que no se coma el coco, que no podemos entenderlo todo, le doy un abrazo y le animo a seguir su corazón.
Luego, siempre más tarde de la hora prevista (¡que estamos en Cádiz!), empieza la asamblea, la gente se sienta en el suelo de la plaza y yo busco una silla y un sitio discreto para sentarme.
Y entonces se suceden las intervenciones: el orden del día, las noticias de otras acampadas, la información de las comisiones de trabajo, la agenda de las próximas acciones, el turno de intervenciones libres...
Algunas personas suelen hablar casi todos los días. Otras se animan a hacerlo un día u otro.
Yo no lo he hecho todavía. Tal vez porque en la vida me ha tocado hablar muchas veces, quizás porque pienso que hoy las voces deben ser de otros -particularmente de los más jóvenes-, o porque siento que en esta ocasión hay mucho que decir, si, pero también mucho que escuchar.
Escuchar es también una manera de participar, y una manera de aprender.
A veces, es la emoción la que habla, a borbotones, desbordándose. Otras suenan discursos con sabor a pasado, por lo general cuando hablan viejos militantes. En ocasiones, se expresan demandas, objetivos y propuestas de todo tipo, algunas de ellas más que peculiares, que tratan de hacer avanzar el movimiento.
Lo que se escucha cada dia no suele ser, en conjunto, un discurso coherente y estructurado. Por el contrario, son voces confusas, balbuceantes, cargadas de emociones, de contradicciones y de esperanza.
Se expresa -de una u otra forma- la incertidumbre, la angustia, la indignación, la impotencia... de miles de personas que nos sentimos agobiadas por circunstancias que no comprendemos ni manejamos y que sentimos la necesidad de "hacer algo".
Pero, al fin, la suma de unas y otras voces resuena siempre como una musica de fondo repleta de significados, de verdades.
Lo que ocurre hoy en las plazas tiene pleno sentido: gentes diversas ocupando el espacio público, saliendo del aislamiento, relacionándonos, comunicándonos, compartiendo, hablando de política (¡), aprendiendo a expresarnos, a escucharnos, buscando acuerdos y consensos...
Quienes exigen ideas claras y programas de acción estructurados no entienden lo que señala hoy Vicente Verdú en EL PAIS: "todas las críticas que se hagan a los movimientos del 15-M censurando sus ideas flou, sus propósitos variantes o sus propuestas en granel, carecen de pertinencia. Son señal, ni más ni menos, de que no se ha entendido nada. Y no ya de ese interesante movimiento sino del actual movimiento del mundo."