viernes, 29 de abril de 2011

Atardeceres

Siempre -desde que era muy jóven- me han fascinado los atardeceres.
Tienen sobre mi un poder hipnótico, como el fuego en la chimenea.
Captan toda mi atención, mi mirada se concentra en la luz, en las sombras, en los juegos entre ambas, en el paisaje que se transforma por segundos.
No tengo que hacer ningún esfuerzo para entrar en un estado meditativo, la mente vaga sin obstáculos, sin dejarse atrapar por una idea concreta.
Mi corazón se sumerge en una cierta nostalgia, dulce, tibia.
No es tristeza lo que siento.Por el contrario, siento una alegría íntima y tranquila.
Desde que llevo una cámara de fotos encima (también llevo un teléfono, y un reproductor de música, y una agenda, y un despertador, y...ventajas de la revolución tecnológica), no me resisto a intentar atrapar ese momento mágico, aunque las imágenes -por hermosas que sean- no hacen nunca justicia a la belleza del instante.
Alguien pudiera pensar que todos los atardeceres son iguales, o parecidos al menos, pero eso no es cierto.
Cada uno es original, único, diferente.
Los hay rojos, dorados, y también plateados.
Los hay espectaculares y barrocos, y también los hay austeros y desnudos, como si fueran un dibujo zen.
Los hay con música de olas, o de viento, o de pajaros (que al atardecer estallan en piares bulliciosos, despidiendo el día). O también con la música del silencio.
Los hay solitarios y también los hay en compañía, junto a un amigo, o con la mano de la persona amada entre las tuyas.
Son una cita con la belleza del mundo a la que no me gusta faltar siempre que puedo.


Mientras escribo esta nota, me pregunto si no es un tanto frívolo hablar de atardeceres, con la que está cayendo, en un mundo de crisis, injusticias y violencia, en medio de tanta incertidumbre y tanta sinrazón.
Pero creo que, precisamente por toda esa locura que nos rodea, no podemos renunciar a la belleza, a las cosas y los momentos hermosos, a la bondad, a todo lo bueno y bello que -también- habita en este mundo.
Ya he recordado aquí al "Monje Sensible" y creo una vez más que necesitamos alimentar de belleza y alegría nuestra fuerza para transformar el mundo, para hacerlo mejor.

sábado, 23 de abril de 2011

Tristeza nao tem fim

Ojalá siempre fuera un día soleado en nuestro corazón.
Ojalá nunca hubiera nubarrones y tormentas.
Pero la vida es yin y yang, inseparablemente unidos.
Dicen las personas sabias que si no existiera la oscuridad no podríamos distinguir la luz.
Tal vez esa sea la única utilidad de la tristeza: ayudarnos a reconocer y valorar la alegría cuando llega.
Pero, por lo demás, me parece un sentimiento inutil, esteril, que solo produce más tristeza.
Es cierto que ha inspirado a muchos poetas, pero ni siquiera eso la reivindica y justifica. No me gustan los poemas tristes.
A estas alturas de la vida, con mis pocos pelos blancos, no espero ya grandes pasiones y emociones, que fueron en otros momentos, con gran intensidad y felicidad pero también con tristeza y dolor.
Espero, si, un poco de paz, un punto de equilibrio, una cierta armonía...
Pero -inevitablemente al parecer- de vez en cuando sigue llegando la tristeza.
Tristeza por el desamor o el desencuentro, por la pérdida del amigo, por el fin de un sueño, por el dolor ajeno, por la injusticia...
Me llevo mal con la tristeza. Cuando viene, me invade todo, se me desborda por las comisuras de los ojos y me llena de suspiros el alma.
Me encierra en mi mismo, me aisla de los demás.
Me hace sentir como un niño chico.
Tal vez sea que me averguenza, o que me parece un sentimiento contagioso e intento no mostrarlo, aunque eso sea algo imposible.
Seguramente es un error entregarse a la tristeza y es más fácil salir de ella cuando se comparte, cuando se libera y desahoga.
Toda mi vida he intentado aprender como se hace, con poco éxito.
Pero nunca es tarde para aprender.
Tal vez por eso me atrevo a llamarla por su nombre, hoy, aquí.


viernes, 8 de abril de 2011

Huellas para un rompecabezas

Tengo, frente a la mesa de trabajo, un tablero de corcho donde van superponiéndose fotos de distintos momentos de mi vida, que han ido llegando allí sin mucho orden ni concierto.
La más vieja de ellas es la de un adolescente Jose Ibarra, en el viaje a Mallorca de fin de curso de "preu", allá por el 67. Jose vuelve a aparecer en otra foto, cerca de 40 años después, en la que estamos los dos en Huérmeces con sus hijos, Ignacio y María, tan guapos ellos.
También hay otra del 83 que ya amarillea, una vieja foto del encuentro en Alcoy donde conocí a Carlos Nuñez y Ezequiel Ander Egg, todos tan jóvenes (¡y con tanto pelo!).
Con Carlos hay muchas más, en Mexico, en Chile, en Cuba, en Cartagena de Indias, en Madrid, en Cádiz... como prueba de tantos encuentros y afectos compartidos.
En otras fotos aparecen Paulo Freire, Mario Kaplún, Arlés Caruso, Fernando Cardenal, Hebe de Bonafini, Superbarrio Gómez, Oscar Jara, Raul Leis, Nydia González, Tato Iglesias... y otros personajes con los que podría escribirse la historia de la Educación Popular en América Latina de los últimos treinta años.
Y también están Jesús, Jose Ignacio, Rafa, Miguel, Samad, Mecho, Marco, Antonio, Fer... recordándome otros capítulos de mi vida.
Faltan, no obstante, muchos. Si quisiera que ese cuadro de fotos fuera un autorretrato de mi vida, deberían estar ahí Jorge, Tomás, Hilario, Cesar, Jose Luis, Jose, Josemari, Carlos, Clara, Nicolás, Manolo, Pepa, Pepe, Carmen, Paki... y muchas otras gentes.
Sin hablar de mi familia, de Nené, de Ana y Pablo, de mi padre y mi madre.
Cuento todo esto porque se cumplen ahora tres años desde que Carlos Nuñez se fué, y ayer le escribía a Marisa, su hija, y le hablaba de la pérdida y de la huella.
Siempre he creido que somos el resultado de nuestros encuentros vitales, el producto de la suma de huellas que van dejando en nosotros -a lo largo de la vida- las personas con las que nos hemos ido cruzando en el camino.
Algunas huellas son, quizás, negativas y nos enseñaron el dolor, el miedo o el rencor.
Pero las que prevalecen -y aquellas que debemos buscar con pasión- son las de quienes nos dejan amor, bondad, ternura, compromiso con la vida y con las otras personas, coherencia, decencia, honestidad...
Esas se pegan a nuestra piel, a nuestro corazón y nuestro cerebro, y van conformando un traje, un equipaje vital que nos hace mejores y nos identifica como personas.
Estamos hechos -como un rompecabezas- de pequeños fragmentos que nos fueron regalando, de si mismas, otras personas que nos enseñaron a vivir y que siguen vivas en nosotros.
Yo soy, por ese lado, millonario en huellas y la vida me ha bendecido generosamente con tantos encuentros positivos que necesitaría una pared entera y cientos de fotos para componer su retrato.

viernes, 1 de abril de 2011

Regreso al futuro (imperfecto)

El juego consistía en soñar el futuro, imaginar como serían nuestras prácticas, la Educación para la Participación, en el año 2030.
Estábamos en el VIEPA, y a mi me tocó trabajar con el grupo de gente más jóven (Mario, Eli, Maite, Sergio, Manuela...), tal vez para equilibrar -al alza- la media de edad (¡que bien!).
Lo primero que nos preguntamos es si dibujaríamos el futuro que deseábamos o el que pensábamos que iba a ser.
Decidimos ser realistas sin renunciar a nuestros sueños: describiríamos la situación que nos gustaría en el mundo que -nos tememos- nos tocará vivir.
Porque no creíamos que, en estos próximos veinte años, vayan a resolverse los problemas medioambientales, de desigualdad en el reparto de la riqueza, de violencia e injusticia, etc., que golpean nuestro presente y amenazan nuestro futuro. Nos gustaria, pero no lo vemos posible.
Así que, entre todas y todos, empezamos a soñar una realidad en la que, en medio del agravamiento de muchos problemas y necesidades, destacaba una poderosa alianza de pequeños grupos, organizaciones y colectivos sociales.
Algunos de esos grupos se ocuparán de la producción (agrícola, artesanal, microindustrial...) con criterios de sostenibilidad medioambiental. Otros se dedicarán al trueque, a la distribución y comercialización -justa- de los distintos recursos y servicios. Otros generarán espacios y alternativas para el ocio, para la creación y la expresión artística. Otros se encargarán de la gestión de las nuevas escuelas, de las comunidades de aprendizaje. Otros organizarán los cuidados y la atención a la salud de la comunidad, y especialmente de las personas con mayores necesidades. Unos y otros se ocuparán de las personas y de la vida, de hacerla mejor, de hacerla posible.
Todos ellos, en su diversidad, trabajarán para alcanzar la "felicidad interior bruta" y compartirán ciertos valores de "cuidadanía", de cuidado del medioambiente, de respeto de la diversidad y solidaridad con quien lo necesite.
Adoptarán formas organizativas muy diversas: cooperativas, asociaciones, colectivos informales... Serán autogestionarios, tendrán la máxima autonomía en su articulación, pero, al mismo tiempo, su coordinación y cooperación será máxima, no se entenderán a si mismos sino como parte de una red estrechamente interconectada, interdependiente.
Esa será la forma de impulsarse y apoyarse mutuamente, de hacerse posibles unos a otros, de convertirse en sujetos políticos.
Porque le dábamos mucha importancia al poder político, a la capacidad de influir o imponerse en la toma de decisiones, de defender a la comunidad frente a las amenazas y las agresiones de los depredadores sociales, frente a las viejas estructuras que se resistan a compartir el poder. La unión será su fuerza.
Y serán grupos y redes alegres, que convertirán su unión y sus búsquedas colectivas en una fuente de esperanza y de felicidad (véase la foto).
En este retrato del futuro, el papel de la Educación para la Participacion (o para el empoderamiento) será contribuir a tejer las relaciones y las redes, a aprender a comunicarnos y a cooperar, a respetarnos y apoyarnos mutua y solidariamente.
Casi nada.