viernes, 28 de enero de 2011

Más viejos, más precarios

Como en el chiste, tengo una noticia buena y otra mala.
La buena: cada vez es mayor la esperanza de vida de la población española. Los varones viviremos más de 78 años y las mujeres más de 84 (¡y luego hablan del "sexo débil"!).
Ahora la mala: en nuestros últimos años seremos cada vez más pobres, porque las pensiones acaban de sufrir los "inevitables recortes", habrá que cotizar más años y el cálculo se hará contando más tiempo, de lo que se deduce que muchos viejos y viejas -si llegamos- cobraremos unas pensiones de miseria.
De todas formas, es probable que la gente más jóven ni siquiera note la diferencia. Después de toda una vida de trabajos discontinuos y precarios, sin poder acceder a una vivienda propia, quienes alcancen la jubilación ya se habrán acostumbrado a vivir con lo mínimo, llegando de milagro a fin de mes, de trampa en trampa.
Pero -para ser sincero- todo esto es solo una parte de la verdad.
A pesar de la crisis económica y financiera, las grandes empresas y los bancos siguen teniendo beneficios, reparten dividendos y jugosos bonus entre sus directivos.
O sea que hay una parte de la población a la que la crisis ni fu ni fa. Y eso que dice Carmen Lomana, paradigma de pija, que "para los ricos la crisis es más dura porque los pobres están acostumbrados a mendigar" y cuenta el drama de muchos de sus amigos "que, aunque tienen mucho patrimonio, como no pueden vender sus propiedades, están sin cash".
Nos vendieron la moto de que se habían terminado las clases sociales, pero estamos recuperándolas a marchas forzadas. Entérese de una vez: ¡usted es un pobre de mierda!
Decididamente este es un tiempo para la indignación.

viernes, 21 de enero de 2011

Mis detectives favoritos

Ya he contado alguna vez que me encanta leer. Me gustan todos (o casi) los géneros, la ciencia ficción, la novela histórica, el realismo mágico, etc., que he frecuentado con distinta intensidad según los momentos de la vida, porque los gustos literarios -al menos en mi caso- van y vienen, conectados con los estados de ánimo.
Pero si ha habido una constante en mis gustos esa ha sido la novela policiaca.
Siendo muy joven leí a Agatha Cristie, con sus míticos detectives, la señorita Marple y el sofisticado Hércules Poirot, y también a Georges Simenón, con su fascinante comisario Maigret.
Algún tiempo despues conocí los clásicos americanos de la novela negra, a Dasiell Hamet y su detective Sam Spade, y a Raymond Chandler y su fantástico Philip Marlowe, paradigma del detective privado, que quedarán asociados siempre a la imagen de Humphrey Bogart que los inmortalizó en el cine.
También disfruté mucho en mi juventud con las novelas de Francisco García Pavón y su Plinio, jefe de la policía local de Tomelloso y todo un personaje -en la España rural de los tiempos de Franco- que merecería incorporarse al panteón de los mejores detectives literarios.
Seguí con pasión las aventuras de Pepe Carvalho, a través de las cuales Manuel Vazquez Moltalbán nos ayudó a comprender muchas de las cosas que nos estaban pasando en el final del franquismo y la transición a la democracia.
Y devoré las novelas de Paco Ignacio Taibo II -de las que me proveía mi hermano Carlos Nuñez Hurtado- que no han sido muy difundidas en España a pesar de que PIT2 ha sido promotor y director de la Semana Negra de Gijón, tal vez porque sus fabulosos detectives, el Jefe Fierro, Héctor Belascoarán Shayne o la periodista Olga Lavanderos son tan chingadamente mexicanos que alguien pensó -equivocadamente, en mi opinión- que no serían comprendidos por el público español.
El descubrimiento de Juan Madrid fue más tardío, pero su personaje Toni Romano, un expolicía y antiguo boxeador medio sonado, me parece uno de los más originales y logrados de esta novela que nunca fué tan negra.
También he seguido a algunos de los autores europeos del género.
He leido todas las novelas de Henning Mankell y su detective Kurt Wallander, en una Suecia tan lejana en su clima, sus costumbres y el caracter de sus gentes que, tal vez por todo eso, me parece tan sugerente.
Más cercano me resulta el mundo del siciliano comisario Montalbano, creado por Andrea Camilleri, y cuyo nombre es un homenaje a Vazquez Montalban. Este nos muestra una Sicilia y una Italia donde la corrupción campa a sus anchas. El mismo entorno ético donde se desarrollan las aventuras del veneciano comisario Brunetti, creado por la americana Donna Leon que, entre otras virtudes, me transporta a una hermosa Venecia por la que siento una antigua nostalgia que se curará el día que pueda recorrerla.
La lista podría ser más larga, incluyendo al sueco Stieg Larsson y su exitosa Trilogía de Millenium, pero la cerraré -por ahora- con las dos inclusiones más recientes y cercanas.
Por un lado, Lorenzo Silva, autor de las aventuras del sargento Bevilacqua y la cabo Chamorro de la Guardia Civil, que probablemente han hecho mucho por la mejora de la imagen social de este cuerpo.
La última novela policiaca que he leido recientemente ha sido "La playa de los ahogados", de Domingo Villar, otro autor a seguir, con su inspector Leo Caldas y los hermosos paisajes gallegos como escenario de sus aventuras. Me ha gustado mucho, y además me ha sugerido un proyecto personal a copiar: el padre de Caldas apunta en un cuaderno, que llama el Libro de los Idiotas, los nombres de las personas de esta condición que conoce. Me parece una excelente forma de exorcizar a esos fantasmas con los que a veces nos cruzamos en la vida.

viernes, 14 de enero de 2011

Cuando el sistema es malo...

"Cuando el sistema es malo, ser antisistema es bueno", dice un aforismo recogido en la página de Facebook dedicada a la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
En ese mismo sentido, hace ya algún tiempo que Francisco Fernandez Buey y Jordi Mir nos preguntaban si "¿es tan malo ser antisistema?".
Pero lo cierto es que, a pesar de que los argumentos son tan claros, tan de sentido común, parece que nos es imposible dejar de apoyar al sistema.
Somos pro-sistema, complices de nuestra explotación y alienación, de nuestra propia destrucción.
Ya hemos recordado alguna vez esa reflexión de Slavoj Zizek de que "parece increible, pero nos es más fácil imaginar la destrucción del mundo que la del capitalismo".
Y tampoco es la primera ocasión en que mencionamos la "ideología de la impotencia", que según cuenta Eduardo Galeano, hemos interiorizado aceptando que no hay otra realidad ni otro mundo posible.
El sistema no solo somete a sus intereses la economía, la política, la cultura, el medioambiente... Uno de sus efectos más perversos es la colonización de nuestras mentes: nos convence de que la responsabilidad de la situación que vivimos, de la crisis económica, de la precariedad, del desempleo, de la pobreza... es de los trabajadores, de los sindicatos, de los ecologistas que se oponen al progreso y el desarrollo, de la ciudadanía que pretende defender sus derechos.
Si estamos en paro, si tenemos un trabajo precario, si hipotecamos nuestra vida para tener una vivienda, si vemos incierto el futuro, si el miedo llena nuestras vidas... la culpa es nuestra. Haber espabilado, haber aprovechado las oportunidades que el sistema nos ofrece.
Nos dicen que "hemos vivido por encima de nuestras posibilidades", como si los amos y gestores del sistema no tuvieran nada que ver, como si acabaran de aterrizar en un platillo volante para salvarnos de nuestra furia consumista y derrochadora.
Tomemos ejemplo de ellos, de los capitalistas, de los especuladores, que incluso en medio de la crisis, aprovechan sus oportunidades y engordan sus cuentas corrientes, se hacen más ricos.
El sistema, además de injusto, desigual, depredador, explotador, destructor del medio natural... es mentiroso y cínico.
Así que, digan lo que digan los políticos y los medios de comunicación (que trabajan para el sistema), efectivamente, ser antisistema es bueno.
Hace unos días volvía a ver la trilogía de Matrix, película realista donde las haya.
Necesitamos que cada día despierten más y más personas, que se sumen a la resistencia contra el sistema, que griten con nosotr+s, bien alto: ¡Yo también soy antisistema!

viernes, 7 de enero de 2011

¡¡¡Me cago en los mios!!!

La verdad es que fué una pasada el fracaso parlamentario de la Ley Sinde, que trataba de imponer limitaciones a las descargas gratuitas en Internet.
Es otra prueba de que cada día tiene más fuerza la opinión pública en la Red y/o de que ésta les produce mucho miedo a los políticos.
Personalmente no lo tengo muy claro, no se como se hacen compatibles los legítimos derechos de los creadores y artistas con un Internet libre y gratuito, accesible para todas las personas, sin censuras...
Pero si se que la solución no pueden ser las viejas respuestas, incrementar la represión y la censura, mantener el chiringuito de las llamadas "industrias culturales", los peajes abusivos de la SGAE...
La Revolución Tenológica y la Sociedad de la Información exigen soluciones nuevas, innovar las formas de producción y difusión de la cultura, como tantas otras cosas que -en todos los órdenes de la vida social- es preciso reinventar.
Pero esta entrada no va dedicada a la Ley Sinde, sino a las reacciones que generó su fracaso.
Por un lado, se cabrearon algunos artistas, como Alejandro Sanz, Miguel Bosé, o el propio director de la Academia de Cine, Alex de la Iglesia, entre otros.
El caso es que, nada más manifestar su enfado, tal vez no con las formas adecuadas ni teniendo en cuenta los argumentos y razones de quienes se oponían a esa ley, sus páginas en las redes sociales se convirtieron en un hervidero de insultos.
¡Lo que han podido decir de estas gentes y de sus familias! A mi me produjo sonrojo leer las "delicias" que les dedicaban en Twitter y Facebook.
Pero este es solo un ejemplo, de los muchos que podriamos mencionar, en los que los comentarios de las noticias de los periódicos digitales, las redes sociales o cualquier foro abierto en la Red aparecen llenos de insultos y descalificaciones, sea cual sea el tema de que se trate.
Es el fenómeno Troll, que asola Internet y tiene un enorme éxito en este país de energúmenos.
Se trata de la imposición ruidosa de la propia opinión ("por cohóne") y la descalificación grosera de cualquier otra.
Es lo más contrario a una cultura del diálogo y del contraste de ideas que pueda imaginarse.
Si Internet parece una herramienta idonea para construir colectivamente conocimientos, en estos casos se muestra como un arma perfecta para generar irracionalidad y división.
A mi me produce nauseas, especialmente cuando quienes destilan sus insultos tienen -en teoría- las mismas opiniones y posturas ideológicas que yo. Creo que se autodescalifican, que sus exabruptos les quitan la razón, desdicen la bondad de las causas que dicen defender.
Me avergüenza pensar que sus ideas puedan ser las mias.
Creo que no basta con tener razón -y no hay nadie que la tenga TODA- si no se tiene ningún respeto por las razones ajenas y se carece de la educación necesaria para exponer las propias sin insultar al otro.

sábado, 1 de enero de 2011

felicidades!! (con minúsculas)

La primera entrada de este año es para desearnos (me incluyo) mucha felicidad.
O, tal vez, lo que debiera desear a toda la gente que quiero es buena vista, buen olfato, buen oido... para no perdernos ni una sola oportunidad de ser felices.
Al atravesar la línea imaginaria que marca el cambio de año no lo hago con mis calzoncillos rojos pero si con dos convicciones.
La primera es que la felicidad llega siempre por entregas, en porciones, dividida en pequeños momentos, a veces tan solo instantes fugaces.
La segunda, derivada de la primera, es que exige tener toda la atención dispuesta, no desaprovechar ninguna ocasión, entregarse al momento... porque la felicidad no admite aplazamientos, si no la atrapamos cuando aparece pasa de largo.
Creo que, muy a menudo, buscando la felicidad, miramos en la dirección que no es. Ponemos nuestra expectativa en el Exito, en el Amor, en el Dinero, en el Reconocimiento Social... en cosas mayúsculas, y olvidamos las cosas y los momentos minúsculos: un beso, una caricia, un abrazo, una palabra de aliento, el recuerdo de una persona querida, un paisaje, una luz, el viento en la cara, una copa de vino, una buena conversación, un paseo del brazo, una música hermosa, una sonrisa, una lectura, una pelicula, una comida memorable, un mensaje, un juego, una mano amiga, un fuego, un gesto de ternura...
Así que eso es lo que os-nos deseo: buena vista, entusiasmo y empeño para atrapar la felicidad y llenar de ella nuestras alforjas.