viernes, 29 de octubre de 2010

En la zona de confort

Hace unos días nos preguntaba José Ignacio Artillo por qué, siendo conscientes de la necesidad de cambiar y conociendo incluso los medios para producir esos cambios necesarios, hay tantas y tantas organizaciones sociales que no nos ponemos a ello.
Efectivamente, estamos atravesando momentos difíciles para las asociaciones ciudadanas, para una gran mayoría de ellas.
Por un lado, no corren vientos favorables a la participación social y muchas organizaciones están "en cuadro", sostenidas por muy pocos miembros, sin una base de respaldo social.
Por otra parte, los procesos de profesionalización que han vivido muchas asociaciones, para compensar esas crisis del voluntariado y la participación social, se ven condicionados por la crisis económica.
Se ha cerrado el grifo de las subvenciones públicas, se retrasan los pagos de las administraciones, no hay dinero y ello hace que sea preciso recortar las actividades, los servicios y prestaciones, que sea necesario prescindir del personal técnico que se contrató en el pasado.
Estamos sufriendo el estallido de la "burbuja asociativa", las perversas consecuencias de la dependencia económica de las administraciones públicas que ha sido la norma de los últimos años para un gran número de organizaciones sociales.
Pero, por si el panorama no fuera suficientemente complejo, se están produciendo en nuestra sociedad muchos cambios, de una profundidad y con una rapidez desconocidas.
La revolución de las TIC está cambiando las formas de conocimiento y los hábitos de comunicación y relación social.
Y, mientras tanto, hay muchas asociaciones y organizaciones sociales que, lejos de plantearse los cambios necesarios en sus formas de organizacion, de acción y comunicación, prefieren esperar a "que pase la crisis".
Mantienen la fantasía de que, dentro de poco, las cosas volverán a ser como hace unos años, volverán a abrirse los grifos de las subvenciones y las asociaciones volverán a ser lo que eran.
Pero las cosas no eran, tampoco en tiempos de "vacas gordas", como debían de ser y la subordinación y la dependencia de los poderes públicos nunca fué buena.
Es verdad que, en este espejismo, las organizaciones sociales no son muy distintas a una mayoría social que está haciendo planes para "cuando pase esta crisis".
Pero, en fin, en todos los casos, se trata de esa "zona de confort" que nos recordaba Artillo: el conjunto de creencias, ideas preconcebidas, hábitos adquiridos... que nos dan seguridad, donde nos sentimos cómodos, y que -con mucha facilidad- se convierten en barreras para hacer los cambios que necesitamos.
Hasta que no nos quede más remedio.

viernes, 22 de octubre de 2010

Sentarse y sentirse

Por la mañana, al despertarme, lo primero que hago -tras pasar por el baño- es dedicarle un rato a la meditación.
Llevo haciéndolo varios años, ya van para seis, casi todos los días.
No se trata de ningún tipo especial de meditación, ni hay ninguna mística religiosa tras ella.
Es, tan solo, "sentarme y sentirme", como lo definía un monje budista, dejar fluir los pensamientos sin agarrarme a ellos, poner la atención en la respiración.
A veces es más fácil. Los pensamientos se disuelven como jirones de niebla y llega suavemente el silencio interior. Y no siento el cuerpo.
En otras ocasiones, la cabeza bulle sin parar y los pensamientos vuelven, una y otra vez, a llamar machaconamente la atención. Los músculos inmóviles protestan, doloridos.
Dicen los viejos sabios que la meditación debe hacerse sin ninguna intencion, sin buscar resultados, pero siempre -incluso cuando es más difícil- me hace sentir bien, y no recuerdo una sola vez que me haya arrepentido de hacerla, que lo haya vivido como algo sin sentido.
La experiencia es todavía más especial si medito en medio de la naturaleza, frente al mar o en el campo, escuchando la sinfonía de olas y pajaros, sintiendo el sol o el viento en el rostro.
Hay días que me despierto con las preocupaciones, los miedos y las incertidumbres apretándome el pecho. Y ese rato de meditación hace que cambie mi mirada, mi visión del mundo, y puedo respirar sin angustia.
Por eso, especialmente tras el infarto, no he querido perder la meditación, que ha sido -sin buscarlo- una magnífica terapia y un regalo de la vida.
Si, es un regalo parar, en medio de tanta prisa, la quietud en mitad del tráfago, poder mirar "hacia adentro", escuchar el silencio interior, en tiempos de tanto ruido y tanta palabrería.


Aquí os dejo el regalo de la música de Hariprasad Chaurasia que demuestra que también es posible meditar -y ayudar a meditar- mientras se toca la flauta.

viernes, 15 de octubre de 2010

Espejismo

Después de darle muchas vueltas me decido a coger ese libro de la biblioteca.
Su autor es el favorito de un buen amigo que me lo ha recomendado muchas veces, aunque, no se por qué, siempre he evitado sus novelas.
Lo meto en mi cartera y, al tomar el autobús de regreso a casa, empiezo a ojearlo.
Ahí llega la primera sorpresa.
El protagonista tiene un nombre muy parecido al mío, con alguna letra cambiada tan solo.
Casualidades de la vida y la literatura, me digo.
Más tarde, tras la comida, antes de echar mi cabezada habitual, retomo la lectura.
Trata de un hombre maduro, a punto de cumplir los sesenta, que se siente perdido en medio de una época que se acaba.
Me veo reflejado en el retrato, y, según van avanzando las páginas, crece mi asombro al descubrir más y más detalles que coinciden con mi propia vida.
¿Como es posible que aquél hombre -igual que yo- visite a sus padres ancianos todos los miércoles por la tarde?
¿Como explicar que, siendo niño, jugara solo al fútbol en el patio de su casa, lo mismo que hacía yo?
¿Y su grave enfermedad, hace dos años, como la mía?
Las coincidencias se multiplican en cada capítulo.
Ya no me cabe ninguna duda: el libro habla de mi.
Los detalles no son idénticos, están levemente deformados, las fechas, los nombres, los lugares... pero es mi historia la que cuenta.
¿Puede ser una casualidad?
¿Acaso -sin saberlo yo- el autor me conoce y es precisamente mi vida la que describe?
¿Seré tan solo un personaje de novela que se cree vivo?
¿Qué me ocurrirá cuando pase la última página?
He llegado, agitado por una ansiedad creciente, hasta la página 89.
En ella, el protagonista se sienta frente al ordenador y escribe asustado.
Como yo ahora.

Este pequeño cuento se debe a la lectura de "Dublinesca" de
Enrique Vila-Matas y a la historia de Samuel Riba que allí se cuenta.

viernes, 8 de octubre de 2010

Elogio del Bosquimano

Hace unas semanas hubo un apagón general en Cádiz.
No fué muy largo, poco más de diez minutos, pero pude imaginarme como sería nuestra sociedad sin electricidad: nada de televisión, ni Internet, los bancos bloqueados, las administraciones públicas paralizadas, los frigoríficos descongelados y los alimentos estropeados...
Realmente la nuestra es una sociedad muy frágil, muy vulnerable.
Entiendo perfectamente el miedo que tienen los gobiernos a los apagones, el grave problema que significan.
En nuestras sociedades avanzadas y desarrolladas hemos olvidado habilidades básicas, que nos servían para sembrar y cosechar, hacer fuego, construir nuestras viviendas...no sabemos hacer nada por nosotros mismos y nos hemos entregado en manos de la tecnología, dependemos absolutamente de la electricidad, sin ella no somos capaces de calentarnos, ni alimentarnos, ni entretenernos, ni comunicarnos... no seríamos capaces de sobrevivir sin ella.
Hace unos días veía en la televisión un documental sobre los bosquimanos.
Se trata de uno de los pueblos más antiguos, pero han sido históricamente acosados, expoliados, expulsados de las tierras donde vivían, ricas en minerales y diamantes.
Los pocos que quedan, viven en grupos familiares, cazan y recolectan frutos, raíces y tubérculos en las tierras inhospitas del desierto de Kalahari.
Los bosquimanos son capaces de desenvolverse y sobrevivir en el entorno más duro y hostil.
Me pregunto si realmente son un pueblo atrasado y primitivo, un obstáculo para el progreso y el desarrollo, como dicen los gobiernos de la zona.
O, por el contrario, tal vez sean un ejemplo de sabiduría, de capacidad de sobrevivencia, de vida en armonía con la naturaleza, de aprovechamiento de sus recursos, de autodependencia.
¿Quiénes son los débiles, ellos o nosotros? ¿Quién debe aprender de quién?

viernes, 1 de octubre de 2010

Razones para la esperanza

Siempre resulta más fácil ver a nuestro alrededor las miserias, los problemas, las debilidades, las dificultades... el "lado oscuro" de la realidad. Mientras que nos cuesta una barbaridad descubrir el "lado luminoso", las fortalezas, las oportunidades... que la vida y el mundo nos ofrecen.
Sabemos que -aunque no podamos verlas- están ahí, o al menos deben estar, porque la realidad -como aprendió "el monje sensible"- es yin y yang, en ella se entretejen necesariamente las luces y las sombras, el dolor y la felicidad.
Pero en este momento histórico, en este mundo imposible, frente a la avalancha de malos augurios que nos llueven encima, necesitamos urgentemente descubrir las razones para la esperanza.
Paulo Freire afirmaba, especialmente en los últimos años de su vida, cuando el capitalismo neoliberal mostraba su peor cara, el derecho y el deber de la esperanza, porque sin ella no hay futuro. Nos invitaba a soñar con un mundo más justo y a pelear por construirlo. Soñar para poder construir nuestros sueños.
Pero, ya digo, muchas veces las razones para la esperanza se esconden y nos cuesta encontrarlas, convertirlas en el punto de apoyo, en la base de nuestras luchas personales y colectivas.
El fin de semana pasado anduve por tierras de Valencia, participando en un Encuentro de Asociaciones de l'Horta Sud.
La tarde del sábado anduvimos buscando razones para la esperanza con un amplio grupo de jóvenes, de las Casas de Juventud y la Asociación de Esplais, que juntamente con la gente más veterana, de la Fundación Movimiento Ciudadano, están poniendo en pié el Movimiento Laico y Progresista en aquellas tierras.
Jovenes y mayores, uniendo fuerzas, demostrando que es posible aprender unas de otros, compartir experiencias, apoyarse mutuamente.
Todo ello es en sí mismo una poderosa razón para la esperanza.
Se pueden sumar sueños, sumar fuerzas, construir juntos.
Exige generosidad y compromiso, pero se puede.
Como siempre, en viajes como éste, es mucho más lo que me traigo a casa que lo que haya podido aportar allí.
Gracias por ello a las amigas y amigos de l'Horta Sud.
En Valencia, como en Aragón, en Canarias, en Andalucía o donde quiera que me lleva la vida, siempre repito obsesivamente la misma demanda: evitar el aislamiento, mostrarnos, comunicarnos, conectarse con aquellas -muchas, pequeñas, humildes...- iniciativas que comparten el mismo sueño de construir un mundo mejor y que nos necesitamos mutuamente, desesperadamente, para alimentar la esperanza.