viernes, 28 de mayo de 2010

"Cuando digo que te amo" (un coletazo de la pesadilla de la semana pasada)

Me he debido volver a quedar dormido de nuevo, porque la pesadilla continúa donde la dejé.
Sigo frente al televisor, las palabras siguen brotando de él, sin parar, llenándolo todo.
Como las palabras huecas hacen el aire irrespirable, decido tomar medidas drásticas: le quito el sonido al televisor.

Oh...! Qué alivio! Qué tranquilidad!
Parece que ahora no siento tanto agobio.

Pero... ¿qué veo? ¿que está ocurriendo ahora?
Ahora, las imágenes silenciosas se rebelan (¿o se revelan?) contra las palabras, parecen decir algo distinto, lo contrario de lo que antes decían.

Veo la cara gesticulante de ese señor con barba que habitualmente grita diciendo que todo está mal, que se rompe España, que essto ess un desasstre, y -así sin voz- no parece tan preocupado como lo sugieren sus palabras, es más... parece rebosante de contento!!
¿De qué se alegra? ¿Por qué se ríe? ¿No estaba todo tan mal?

Y veo después a aquél otro señor de las cejas afiladas, que decía que todo iba bien, que no había de qué preocuparse, que nos íbamos a comer el mundo,... y su rostro cariacontecido y ojeroso me habla de frustración, de pesimismo, de desencanto.
¿De qué se lamenta? ¿Por qué se preocupa? ¿No estaba todo tan bien?

¿Cual es la verdad? ¿Quién miente?
¿Acaso debo alegrarme de que todo vaya mal?
¿Acaso debiera estar preparando la huída, y estoy aquí tan tranquilo?

Me parece que va a ser difícil descubrir la verdad mientras no consiga apagar el televisor.

viernes, 21 de mayo de 2010

"Parole, parole, parole" (una pesadilla)

"Parole, parole, parole"... canta Mina: palabras, palabras, palabras... solo palabras entre nosotros.
En mi pesadilla estoy sentado frente a la tele, viendo las noticias.
El presidente de gobierno habla y habla, en una tribuna, y más tarde en otra, y en otra, sin parar.
Y, luego, el jefe de la oposición habla en otra tribuna, y en otra, y en otra más... atrapado en un discurso sin fin.
Veo -como a cámara rápida- la sucesión de ministros y ministras, políticos y políticas, tertulianos y tertulianas, jueces, empresarios, sindicalistas, banqueros, periodistas... que disputan por hablar, y dicen palabras incoherentes, sin sentido, contradictorias: crisis, mercado, futuro, inversión, gasto, recorte, ajuste, mentira, patriotismo, confianza, ricos, pobres, clase media, subvención, corrupción, democracia, constitución, nación, estatuto, memoria, prevaricación, historia, verdad, justicia, cohecho, venganza, elecciones, partido, unidad...
Nadie se escucha, todo el mundo habla al mismo tiempo, tratando de tapar la voz de los demás.
No entiendo nada.
¿Por qué hablan tanto? ¿Por qué no entiendo lo que dicen? ¿Por qué no hablan más claro? ¿Por qué no se escuchan? ¿Por qué siento que no dicen la verdad?
Las palabras se salen del televisor. Llenan la habitación. Son como humo.
Unas se van disolviendo, mientras otras vienen a ocupar su puesto.
El aire es espeso, difícil de respirar.
Me despierto empapado en sudor.
Nené, a mi lado, se despierta también y me pregunta: "¿Estás bien?"
Estoy agitado. Mi corazón palpita deprisa.
La pesadilla era tan real...

lunes, 17 de mayo de 2010

Necesitamos la esperanza

He pasado unos días en Tenerife, invitado a unas jornadas sobre participación social y ciudadanía, charlando con gentes de asociaciones, con técnicas y políticas (eran mujeres), disfrutando de ratos muy guapos con gente muy querida.
Muchas de nuestras conversaciones reflejaban el desasosiego y la incertidumbre de este tiempo que nos ha tocado vivir: las crisis, la corrupción, la injusticia, el destrozo de la naturaleza por la avidez del capitalismo, la falta de previsión y de respuesta al reto de la inmigración y la multiculturalidad, que con tanta facilidad se puede convertir en una bomba de relojería...
En una animada comida, despúes de darle un repaso a la difícil situación del mundo, un jóven que estudia Educación Social, de esos que se lo creen, concluía: "yo soy pesimista, esto no tiene arreglo".
Al escucharle, se me encogió el corazón.
Pensé en aquella pintada callejera, recogida por Eduardo Galeano, que proponía "dejar el pesimismo para tiempos mejores".
No podemos permitirnos el lujo de caer en la desesperanza, de perder en ella a esos jóvenes que han de cambiar el mundo.
Pienso que una parte de la tarea que nos corresponde a quienes trabajamos por la participación social, por el fortalecimiento de la ciudadanía, es contribuir a desvelar la realidad, a que las gentes tomemos conciencia crítica de lo que ocurre. Es imprescindible para que las cosas cambien.
Pero no es suficiente. Junto a la conciencia crítica necesitamos la esperanza, sin ella todo es oscuro y sin sentido.
Recordando a Paulo Freire, hemos de repetirnos una y otra vez que los retos complejos que hoy enfrentamos no son el resultado de ningún destino fatal, sino producto de la acción humana. Y de la misma forma que los hombres y mujeres creamos esos problemas, los hombres y mujeres podemos cambiar el mundo.
Hemos de buscar razones para la esperanza, alimentarla sin descanso, alentar las experiencias positivas, recuperar la autoestima colectiva, sentirnos capaces.
Porque es preciso que creamos firmemente en ello para encontrar las fuerzas que nos permitan levantarnos, ponernos en pie, unir nuestras manos y nuestras voces y gritar bien fuerte: ¡Basta ya! ¡Detengamos a quienes especulan con nuestro futuro! ¡Construyamos entre todas y todos otro mundo!

viernes, 7 de mayo de 2010

Mestizaje o Barbarie

Me encantan los libros de Amin Maalouf, los he leido casi todos.
En ellos -además de fascinantes historias- siempre he encontrado emociones que me han llegado al corazón, y también muchas razones para pensar.
Sus novelas nos hablan a menudo de gentes que cruzan fronteras y atraviesan países y culturas diferentes, que no son de aquí ni de allá y andan buscando su identidad en un mundo diverso, complejo, en conflicto, en cambio.
Me he acordado mucho estos días de Maalouf, a cuenta del yihab de Nawja, o de los gitanos rumanos de Badalona, dos nuevos ejemplos de esa intolerancia que crece en nuestras entrañas sociales.
He recordado especialmente uno de sus libros de ensayo, "Identidades Asesinas" -cuya lectura reposada recomiendo- en el que se pregunta por qué seguimos matándonos en nombre de la identidad religiosa, étnica, nacional...
Maalouf habla del miedo, de un miedo muy viejo que hoy se renueva y se refuerza en el caldo de la globalización.
Miedo a perder nuestra identidad, a que nos la arrebaten o nos impongan otra ajena. Miedo a un mundo y un tiempo de cambios que no entendemos.
Miedo, pero mucho miedo. Un miedo que nos hace atrincherarnos más y más en nuestras propias y particulares señas de identidad, y si no las tenemos las buscamos.
Tengo entendido que nunca como ahora se han vendido tantos "trajes folklóricos" en nuestro país, en todas sus "nacionalidades y regiones": de fallera, de huertano, de gaiteira, de chulapo, de flamenca, de payés...
Nunca como ahora ha tenido tanto éxito el folklore, el localismo, el patriotismo de patio de vecindad.
No deja de ser un síntoma preocupante: nos arrimamos a quienes son idénticos, para defendernos de "los otros".
En un mundo como el nuestro, plural y diverso, en el que las migraciones, las mezclas y los intercambios son contínuos y crecientes, parece suicida atricherarnos en lo que nos diferencia y separa.
Maalouf se pregunta por qué nos es tan difícil aceptar identidades múltiples, compartidas, que no se caractericen por la exclusión sino por la inclusión: no se trata de elegir entre ser "esto" o ser "aquello", sino de atreverse a ser "esto" y "aquello" al mismo tiempo.
Sumar, en vez de restar.
El esfuerzo -de reconocimiento, de respeto, de aprendizaje mutuo...- tiene que ser necesariamente compartido, por unos y por otros, por quienes llegan a esta sociedad y esta cultura diferentes a la suya, y por esta sociedad que les acoge, que ha de valorar, aprovechar e integrar la cultura de quienes aquí llegan.
Creo, lo he dicho muchas veces, que el futuro es -necesariamente- mestizo.
La alternativa al mestizaje es la barbarie: la negación, la exclusión del otro, todos contra todos.