viernes, 30 de abril de 2010

Primero de Mayo

Cuando era jóven, vivía Franco y el Primero de Mayo era una fecha muy importante.
Algunos días antes detenían a los rojos más conspicuos, y en las calles había manifestaciones clandestinas y cargas policiales.
En la tele ponían fútbol y toros, para que no saliéramos de casa.
Entonces, los trabajadores tenían "conciencia de clase".
Ahora, por supuesto, sigue habiendo clases, lo que no parece quedar es mucha conciencia de ello.
Hoy, como dice Tato Iglesias, los trabajadores son capitalistas, piensan como sus patrones, han hecho suyos los valores de quienes les explotan.
Pero bueno, la culpa no es solo suya.
Nos han comido bien el torrao. Nos lo comen todos los días.
En medio de una crisis económica, creada por los grandes bancos y los especuladores financieros, por los más ricos, son éstos quienes nos dicen que hay que apretarse el cinturón para salir adelante.
Pero los beneficios de los grandes bancos y las grandes empresas siguen creciendo, igual que crece el paro y la miseria, igual que crece el número de multimillonarios.
¿Como se explica? ¿Alguien lo entiende?
Aunque, todo eso nos parece normal: no nos lleva a la indignación, a salir a la calle, asaltar bancos, okupar grandes empresas, exigir la subida de impuestos a los grandes capitales...
Y en las próximas elecciones, si votamos, tal vez lo hagamos por quienes representan a las clases más acomodadas, a los más ricos y poderosos.
El Primero de Mayo es ahora una buena ocasión para salir al campo o a la playa, o para pasar el día en el centro comercial más cercano.
No está de moda criticar al sistema, no es "trendy" atacar al capitalismo, parece ingénuo proponer cambios radicales.
Ahora, cuando se rumorea que "Franco ha vuelto", parece que -al menos en cuanto a los valores y la ideología dominantes- "las tropas nacionales han alcanzado sus últimos objetivos".
Pues vale: aunque solo sea por llevar la contraria, en este Primero de Mayo, me declaro "antisistema".

viernes, 23 de abril de 2010

En el país de l+s energumen+s

Desgraciadamente, el nuestro es un país de energumen+s.
Este ya era un rasgo tradicional de nuestra idiosincracia: la disposición a discutir airadamente, a voces, mentandole la madre a quien se ponga a tiro, por un quítame allá esas pajas.
Pero esa característica parece haberse acentuado en los últimos tiempos, como puede comprobarse en algunas tertulias radiofónicas y televisivas, o en los foros de comentarios de los periódicos digitales.
Me alucina el nivel de crispación que se manifiesta en muchas de las opiniones que allí se expresan.
A menudo, no hay una exposición ponderada de argumentos, ni escucha y consideración de las demás razones. Lo que predomina es la descalificación y el insulto a quienes no piensan como uno o como una.
En ciertos grupos de las redes sociales hay personas que se apuntan no para sumarse a la causa que allí se defiende, sino para tener la oportunidad de descalificarla e insultar a quienes los forman.
Creo, ya digo, que este es un viejo problema, de profundas raices y drámaticas consecuencias históricas.
Un problema que trasciende a las ideologías, pues podemos encontrar sin dificultad energumen+s de derechas y de izquierdas, que compiten en su sectarismo, que parecen siempre dispuest+s a suprimir a la otra parte.
Pero, en la actual ola de "energumenismo" tienen una particular responsabilidad quienes han venido sembrando vientos de descalificación y odio los últimos años, desde que perdieron las elecciones.
Son es+s mism+s quienes ahora, a cuenta de la movilización social en defensa de la Memoria Histórica y del juez Garzón, acusan a l+s otr+s de "guerracivilismo", de dividir y de crispar, de atacar a la democracia, de ofender a los jueces...
Como diría el increible Aznar: los pirómanos ahora pretenden ser bomberos.
Pienso que no se puede seguir este juego.
La discrepancia y la crítica son necesarias, pero igualmente necesitamos el respeto, la escucha, el diálogo.
Hemos de negarnos al energumenismo y aislar socialmente a l+s energumen+s.
Tolerancia cero, que se dice ahora.

viernes, 16 de abril de 2010

Cambiar para resistir

Hace tiempo -coincidiendo con la convalecencia de mi infarto- publiqué aquí una serie de notas dedicadas a "las nuevas asociaciones" en las que trataba de imaginar el futuro próximo de las organizaciones solidarias.
Tengo pendiente volver sobre aquellas reflexiones porque, a pesar de ser bastante recientes, siento que el tiempo y los cambios sociales corren tan aprisa que las ideas envejecen fácilmente.
El título de esta entrada -"Cambiar para resistir"- es un juego de palabras con mi amigo Jose F. Gras (con el que aparezco en la foto), a cuenta de aquella otra entrada en la que comenté la paradoja de las organizaciones que -en estos momentos de multicrisis- esperan tiempos mejores para producir los cambios que necesitan ahora.
Mi opinión es que no podemos esperar que el paso del tiempo resuelva nuestros problemas (personales, organizacionales, sociales...), no podemos dejar que las inercias o las tendencias nos impongan las soluciones.
Eso dejaría reducidas nuestras oportunidades a aceptar "lo que hay", a acomodarnos lo mejor posible allí donde nos arrastre la corriente, sin posibilidad de influir en el futuro, de orientar los cambios, de elegir la dirección hacia la que queremos navegar, sin ser protagonistas de nuestra vida personal y colectiva.
Creo que, al menos, tenemos la obligación -y la ocasión- de intentar esos cambios necesarios.
Tengamos éxito o no.
Pero bueno, esta nota se está poniendo muy filosófica y profunda, y lo que yo quería era anotar aquí algunos pensamientos y conversaciones recientes sobre los cambios fundamentales que -para resistir a las inercias del tiempo- necesitan hacer nuestras organizaciones.
Porque, definitivamente, creo que -muy a menudo- nuestras organizaciones han cubierto una etapa, han agotado su impulso fundacional, se pueden volver insignificantes, quedarse descolgadas de los cambios sociales.
Y deben desaparecer, o reinventarse -¿refundarse?- haciendo sin miedo los cambios necesarios para poder seguir siendo socialmente significativas, para poder impulsar y acompañar la construcción de otra sociedad y otro mundo posible.
Y, entre esos cambios necesarios, apunto tres que me parecen fundamentales:
  • Las nuevas organizaciones han de librarse de todo el lastre posible, de las estructuras duras, de la rigidez formal, del funcionarismo y el burocratismo. Han de adoptar formas y estructuras más blandas, flexibles, ligeras... que no limiten y encorseten, que faciliten y multipliquen las oportunidades para poder cumplir su misión y alcanzar sus objetivos.
  • Lo he repetido -como un mantra- en muchas jornadas y encuentros varios: el camino no es el de Juan Palomo. El futuro es de quienes sean capaces de cooperar y compartir: el conocimiento, el protagonismo, la información, las identidades, el esfuerzo, los recursos... Sinergia. Trabajo en red. Construcción Colectiva. Sumar sin perder flexibilidad y agilidad, sin perder la autonomía de las partes.
  • Es el momento de reinventar las organizaciones, pero también sus prácticas y sus formas de acción. No podemos seguir proponiendo las mismas viejas recetas con las mismas viejas fórmulas. Es el momento de la creatividad y la innovación. Nuestras acciones, nuestras actividades han de proponer algo diferente, que capte la atención y el interés de las gentes. Que llegue a las cabezas y también a los corazones. Que nos emocione.
Nos queda mucho por hablar, por ejemplo de los valores y aprendizajes que requieren estos cambios.
Y de un concepto clave: "mestizaje", que está conectado a todo lo demás (la flexibilidad, el trabajo en red, las nuevas formas de acción...) y que me conecta con otro amiguete, Asier Gallástegui.
Y de la escucha.
Nos queda mucho por escuchar, mucho por pensar, mucho por sentir, mucho por decir, mucho por hacer.

martes, 13 de abril de 2010

Cínicos

¡Si Diógenes -aquél que buscaba hombres honestos con una linterna- levantara la cabeza!

"Cinismo: Escuela filosófica que pensaba que la felicidad venía de una vida simple y acorde con la naturaleza y despreciaba la riqueza y cualquier forma de preocupación material." (Wikipedia)

"Cinismo: Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables. Impudencia, obscenidad descarada." (Diccionario de la Real Academia de la Lengua)

Decididamente, de aquellos filósofos cínicos a los
modernos cínicos va una gran diferencia que ilustra bien la definición del diccionario.
Estamos rodeados de cínicos contemporáneos que nadan -como pez en el agua- en la desvergüenza y la mentira.
Tenemos -por un lado- a esa caterva de políticos corruptos que no solamente roban el dinero público sino que miran para otro lado y niegan impúdicamente sus culpas. Creen que la desmemoria ciudadana- junto con la anulación de las escuchas judiciales- servirá para que olvidemos sus palabras y sus prácticas obscenas.
Y tenemos también, encabezando la lista mundial del cinismo, a la cúspide de la jerarquía eclesiástica, de la Iglesia Católica, que pretende tapar el escándalo de la pederastia de muchos curas en todo el mundo
(segun el Evangélio, tendrían que "atarse al cuello una rueda de molino y arrojarse al mar"), atacando a quienes critican la ocultación y el silencio cómplice de tantos años.
Unos y otros cínicos se declaran víctimas de campañas insidiosas que pretenden manchar su imagen y su buen nombre, como si no estuvieran suficientemente enfangados por sus obscenas acciones u omisiones.
Unos y otros cínicos se permiten dar lecciones, pontificando sobre como deben vivir o comportarse los otros, mientras niegan con sus actos impúdicos el valor de aquellos principios que predican.
Pero -una vez más- no me escandaliza tanto el cinismo de estos políticos o estos clérigos como la apatía social y la tolerancia irracional de quien les justifica o compadece, de quienes parecen dispuestos a seguirles votando o venerando sin exigirles coherencia y ejemplaridad en sus palabras y en sus actos.
¡Qué pena!

jueves, 1 de abril de 2010

La extinción de los dinosaurios

¿Cuantas asociaciones y ONGs sobrevivirán a la desaparición de los viejos modelos organizativos? ¿Cuantas organizaciones solidarias analógicas serán capaces de reconvertirse en digitales? ¿Cuantas asociaciones verticales y endogámicas serán capaces de reinventarse en horizontales y relacionales?
El panorama del tejido asociativo ciudadano -para qué vamos a engañarnos- no es muy halagüeño.
Como los dinosaurios, las viejas asociaciones ciudadanas pueden estar a punto de extinguirse.
Muchas de ellas estamos formadas por muy pocas personas. Muchas hemos tenido que contratar a profesionales para prestar los servicios y llevar a cabo las actividades. Solo una gran minoría cuenta con una base ciudadana sólida, con un respaldo social significativo. La mayoría dependemos de los recursos públicos para la superviviencia. Nuestra capacidad de cambio y adaptación está muy mermada. También -en medio de una sociedad en cambio y en crisis- está en cuestión la eficacia social de lo que hacemos.
En estas condiciones, es probable -y hasta necesario- que una gran parte de esas asociaciones desaparezcamos en pocos años, otras continuarán engrosando la legión de "asociaciones zombies" -que solo están vivas de forma aparente- o convirtiéndose en "empresas prestadoras de servicios sin ánimo de lucro" (que pueden ser cojonudas, pero no son asociaciones ciudadanas).
Las causas de esta situación crítica son diversas.
Por un lado, está el desinterés de los poderes públicos.
El fortalecimiento de un tejido asociativo ciudadano fuerte e independiente, el desarrollo de una auténtica participación ciudadana ha sido y es una asignatura pendiente en las políticas públicas.
Junto al discurso de la democracia participativa ha prevalecido el miedo a la participación ciudadana, a la contestación y el pensamiento crítico, a la perdida de las elecciones y el poder. Y eso ha favorecido el clientelismo, la manipulación, las corruptelas en las relaciones con el tejido asociativo, más allá de los colores partidarios de quien gobernara.
Pero no vamos a echar las culpas -solo- a las instituciones políticas y a sus gestores.
La principal responsabilidad la tenemos las propias organizaciones, que nos hemos conformado y acomodado, que no estamos sabiendo como responder a los profundos cambios sociales que se producen a nuestro alrededor.
La revolución de las comunicaciones, las TIC, están teniendo un impacto tremendo en las maneras de pensar, sentir, decir y hacer de las gentes de nuestras sociedades.
Están cambiando las formas de informarse, comunicarse y relacionarse, de construir identidades individuales y colectivas, de participar, agregarse, organizarse y actuar socialmente entre las personas y los grupos sociales que forman nuestra comunidad social, nuestro sociosistema.
Y una gran parte de las asociaciones -mientras tanto- estamos pensando y organizándonos con las maneras del siglo pasado.
Todo eso no nos gusta, nos genera un gran desasosiego a las asociaciones y colectivos sociales.
Pero no cabe negarlo. La primera condición para transformar la realidad es reconocerla.
Nos queda un consuelo.
La conviccción de que, cuando desaparezcan las viejas asociaciones y ONGs, surgirán otras nuevas formas de participación social, de reivindación y denuncia, de transformación social...
Serán formas organizativas distintas, diferentes, inéditas e inaudítas, hasta insólitas... pero serán (de hecho, ya estan siendo).
Y, si no, al tiempo.