jueves, 30 de abril de 2009

Primero de Mayo

Hace algunos días participaba en una nueva concentración ciudadana.
En este caso se trataba de protestar por la forma en que los gobiernos abordan la crisis, salvando a los bancos y las grandes empresas con ayudas multimillonarias, mientras se desboca el desempleo y la miseria de muchas personas.
Eramos cerca de un centenar de personas, casi las mismas que -casi siempre- en Cádiz nos concentramos para cualquier reivindicación o protesta.
La reunión derivó, como casi siempre, en una sucesión de intervenciones de representantes de las distintas organizaciones sociales, pequeños partidos de izquierda y sindicatos, que suelen convocar estos actos.
Los discursos sonaban también muy parecidos a los de otras veces, nos reunamos para protestar por la situación en Palestina, por las muertes de inmigrantes en el Estrecho, por el aumento del paro, la falta de vivienda digna, o por cualquier otra causa: la crítica al gobierno, a los grandes capitales, al neoliberalismo y el imperialismo, la lucha de clases, la movilización social permanente...
Al final de la concentración, de regreso a casa, un amigo me preguntaba por mi impresión. Le contesté que, una vez más, aquella parecía una ocasión para la "reafirmación militante". Se diría que nuestro interés fuera comprobar que estamos todas las personas que habitualmente nos encontramos, que no ha faltado nadie, más que sumar a otras.
De otra forma, no se explica nuestro empeño en insistir en los mismos discursos, en las mismas maneras obsoletas, en los mismos tipos de convocatorias y concentraciones que hemos venido haciendo -con los mismos escasos resultados- durante los últimos (¿veinte, treinta, cuarenta?) años.
Creo que, si vamos a cambiar el mundo, será porque logremos reunir una mayoría social que quiera hacerlo.
Saul Alinsky, de quien ya he hablado en estas páginas, reprochaba a los jóvenes del 68 que parecían creer más en la "revelación" que en la revolución.
Algo de eso nos ocurre.
Resulta ingenuo pensar que, el día menos pensado, las gentes van a caer del guindo y van a ver la luz, van a descubrir la razón de nuestros discursos, van a sumarse espontaneamente a nuestras protestas.
Si realmente queremos cambiar el mundo, la primera tarea que nos corresponde es cambiar a nosotros mismos, nuestras organizaciones, nuestros discursos, nuestros métodos, nuestras formas de acción...
Tenemos que empezar por aceptar que las viejas formas no sirven, que los cambios llegarán cuando aprendamos a construir -entre todos y todas, partiendo de nuestra diversidad- el "mínimo común multiplicador" capaz de transformar el mundo.
Y eso significa que el principal valor que hemos de ejercitar no es el discurso, sino la escucha.
Escuchar a las otras personas, a las otras organizaciones, a las otras sensibilidades e ideas. Aprender de ellas, hacerlas nuestras.

domingo, 26 de abril de 2009

Un sueño

Querido Carlos, esta noche has venido a verme, a recordar tantos años de amistad, tanto cariño, tantas anecdotas compartidas...
Nos hemos reido un rato y hemos bromeado, pinchándonos y puteándonos un poco, como solíamos hacer cuando estabas vivo.
Yo me he metido con tus chistes malos y con tu presunción de "latin lover", bailarin apasionado, conquistador de todas las muchachas guapas que se pongan al alcance.
Hemos recordado cuando nos conocimos, hace ya un montón de años, en Alcoy. Y, más tarde, con Nené, en Cartagena, la visita a aquella playa nudista y aquél sabroso arroz al caldero.
Hemos revivido aquél verano fantástico en Puerto Vallarta, los baños en la playa de Destiladeras, y las "medusas psicosomáticas" que nos daban picores y nos hacían reir.
¡Cómo se reía Graciela! ¡Cuanto disfrutamos las dos familias aquellas semanas maravillosas!
También hemos pasado revista a los años duros, tras la muerte de Graciela, tu viaje a Madrid, tu negra soledad, tu tristeza oscura, los tirones de orejas para que no te hundieras. Y la visita, con toda la saga Nuñez, a la tumba del Che. Los encuentros en Cuba... Tantos recuerdos.
Te he mostrado el corcho, sobre mi mesa de trabajo, repleto de fotos tuyas, en tantos momentos, en tantos encuentros, con Ernesto Cardenal, con Mario Kaplún, en Chile, en Cartagena de Indias, en Cádiz,... haciéndonos mayores poco a poco.
Ha sido un ratito muy bueno. Me he despertado con una gran sonrisa.
Digo yo que has debido venir porque ahora se cumple un año desde que te fuiste.
En el sueño, te comía a besos (ventajas de que ya no puedas protestar), porque te he echado mucho de menos todo este tiempo. Fuiste mi hermano mayor (aunque a veces me tocó hacer ese papel a mi contigo), mi maestro, mi amigo. Estabas tan lejos, pero siempre tan cerca.
Aún lo estás, en sueños si, pero también en mi corazón castigado.
Descansa en paz, amigo, y vuelve a visitarme cuando quieras.

lunes, 20 de abril de 2009

De lo ajeno a lo prójimo

"Contaminame" es el título de esa preciosa canción de Pedro Guerra que habla de la inmigración y el mestizaje.
Hace mucho tiempo que creo firmemente que "el futuro es mestizo" (y mujer), y que frente a la globalización mercantilista y homogenizadora, una de las mejores respuestas es la contaminación solidaria, la construcción colectiva de nuevas síntesis que combinen e incluyan la diversidad y las particularidades de cada persona, pueblo, raza, cultura...
Creo que estos tiempos que vivimos son de mestizajes, de sumas, de mezclas, de mutua apropiación de lo ajeno para convertirlo en prójimo.
Pienso que esto sirve para las personas, que crecemos haciendo nuestras las huellas que las otras personas dejan en nuestras vidas.
Y sirve para los colectivos, las organizaciones, las sociedades, que también nos hacemos mejores por vía de la contaminación, observando y aprendiendo de quienes son diferentes.
Es hora de abrirnos a nuevas influencias, de superar personalismos, sectarismos, localismos, nacionalismos, etnocentrismos, fanatismos...
Pero, eso significa aceptar que no estamos en posesión de la verdad, toda la verdad, que no somos mejores que nadie, que somos seres inacabados y sociedades incompletas, que nos necesitamos mutuamente.
Y significa disponernos a cambiar, a poner en cuestión nuestras certezas, a escuchar y aprender de las verdades de los otros, para poder construir verdades comunes.
Y eso da miedo, mucho miedo.


(la foto es una sugerencia de Asier Gallastegui)

lunes, 13 de abril de 2009

Regreso a la tribu

Hemos pasado unos días, en casa de unos amigos muy queridos, asomándonos un poquito a la famosa Semana Santa de Sevilla.
Es impresionante lo que se mueve alrededor de este acontecimiento, empezando por los cientos de miles de personas que, como rios humanos, recorren las calles en busca de una u otra procesión.
Los amigos nos avisan de que no debemos confundir la Semana Santa con la religión, aunque "tengan algo que ver", que la cosa va más bien de fiesta pagana, que son muchas las personas que, sin tener creencias religiosas, la viven con plena intensidad y emoción porque forma parte de sus señas de identidad, de las tradiciones populares más arraigadas.
Llama la atención la pasión por una u otra virgen (la Macarena, la Trianera...) y la competencia entre quienes las siguen como si se trataran de diferentes equipos de futbol.
La Semana Santa y sus cofradías, han subido como la espuma en los últimos años, no solo en Sevilla sino en toda Andalucía y otros muchos lugares del país, al tiempo que descendían los niveles de quienes habitualmente mantienen una práctica religiosa o se declaran creyentes.
Todo eso me hace volver a pensar que en estos tiempos que vivimos, en plena Sociedad de la Comunicación, en medio de la Aldea Global, estamos más solos que nunca.
Pareciera que, cuanto mayor es la globalización, mayor es también la necesidad de "localización", de refugiarnos en lo más próximo.
Pertenencia e identidad, aunque sea alrededor del fútbol, las cofradías, las tradiciones, las aficiones, los bailes regionales,... todo vale, con tal de que nos haga sentirnos parte de algo y nos permita identificarnos frente a quienes son distintos.
Se diría que nos da miedo -o vértigo- la pérdida de referentes cercanos, la eliminación de fronteras físicas y mentales, la apertura a lo diferente... y regresamos corriendo a la tribu.

domingo, 5 de abril de 2009

Para no caer en el lado oscuro

Hace algunos días un amigo me enviaba un trabajo, analizando la realidad actual, que ha preparado para un congreso de Trabajo Social.
Era demoledor: la colección de diversas crisis que tenemos encima (económica, financiera, ambiental, alimentaria...), la inoperancia de los gobernantes, la apatía social, las perspectivas de un futuro chungo, lleno de malos augurios...
Un diagnóstico certero... y terrible.
Mi amigo cree que es preciso despertar a la gente, aunque sea sacudiéndole por las solapas, para que tome conciencia de la grave situación que vivimos, reaccione y se movilice para producir el cambio social que necesitamos.
Me he acordado de aquello que decía Saul Alinsky de que nadie se mueve para cambiar lo que no se puede cambiar. Preferimos evadirnos, negar la realidad, y por eso el primer objetivo de quienes pretendemos transformar la realidad debe ser convencer-nos de que el cambio es posible.
También me he acordado de la novela y la película de Zorba el Griego, cuando le preguntaba al Inglés por qué se empeñaba en abrir los ojos de la gente del pueblo si no tenía nada mejor que mostrarles.
Y, por otra parte, creo que viene a cuento lo que dice Eduardo Galeano de que "es preciso dejar el pesimismo para tiempos mejores".
Los discursos pesimistas, negativos, desastrosos, agoreros, catastrofistas, llenos de angustia y de culpa colectiva, de mal rollo, que -por otra parte- son tan queridos para un cierto tipo de activistas sociales y políticos, lejos de movilizar a nadie, son capaces de desanimar a cualquiera.
Pero, además, esos discursos, como en el cuento de "el monje sensible", se olvidan de hacer visible esa otra parte de la realidad en la que, necesariamente, hemos de apoyarnos para encontrar la esperanza y la fuerza necesaria para poder cambiar el mundo.
Creo -ya lo he dicho antes- que necesitamos más que nunca del optimismo, de los nuevos sueños y utopías, necesitamos creer que otro mundo es posible, y hemos de ponerle cara, empezar a dibujar los rasgos de esa realidad mejor que vamos a construir.
Y quienes hemos de convencernos de ello, en primer lugar, somos precisamente quienes decimos querer y trabajar por ese cambio social imprescindible.
No se trata de maquillar la realidad, de ocultar los problemas, las injusticias, los profundos desequilibrios y desigualdades, se trata de mostrar la realidad desde la esperanza y el pensamiento positivo, afirmando el poder de los hombres y las mujeres para transformar el mundo, haciendo visibles las miles de iniciativas que lo transforman de hecho cada día.