Desde hace casi 20 años he venido escribiendo en pequeños cuadernos con tapas de cartón o de cuero, de colores y tamaños distintos, que se han ido acumulando en los cajones de la mesilla de noche mientras amarilleaban sus hojas.
Entre sus páginas hay viejas cartas, fotos, postales y recortes de prensa, letras de canciones, entradas de cine, billetes de metro...
No son exactamente "diarios", porque no pretenden dar cuenta de lo que me ha ocurrido cada día ni han seguido una cadencia constante.
Son más bien "cuadernos de viaje", que me han acompañado en distintos momentos del camino. Recogen pensamientos, sentimientos, paisajes, personajes... las huellas del viaje.
Me han servido, al menos, para dos cosas: poner en papel las ideas y emociones que cruzaban mi cabeza, y, por otro lado, volver la mirada atrás al cabo de un tiempo, observar mis sentimientos, ayudándome a relativizarlos.
En los cuadernos hay un poco de todo, pero en general tienen una cierta música de fondo melancólica. De ello, algunas muestras:
"Miro tus ojos tristes, heridos de dolor y de cansancio. Veo tus manos grandes, las huellas de la lumbre del cigarro, la cicatriz que revela la ira contenida. Y siento que no hay senderos para alcanzar tu centro, para compartir tu duelo. Me veo a mi mismo, emocionado e impotente, incapaz de aliviar tu desesperanza, absurdo y sonriendo. Quisiera que te invada la paz y la ternura, que se vaya el dolor, que llegue la armonía. Y convoco a la luna y a los astros para que se compadezcan de tu pena". (Septiembre 1997. Una visita a Pablo, enfermo, en Campanillas).
"Hay etapas o escalas en el viaje en las que el corazón y la mirada viajan tranquilos, sin miedo, abiertos y dispuestos a todo, sin bulla, sin ansiedades. El tiempo no cuenta entonces. Pero, otras veces, en otros puntos del camino, en ciertos recodos, el corazón se encoge, llega el desasosiego, la mirada se agita, la inquietud y el miedo estiran el tiempo. ¿Es el lugar o es el viajero? ¿Quien cambia?" (Febrero 2002. Una crisis más)
"Esconderme, huir,desparecer. No ver a nadie, no escuchar a nadie, no tener ninguna tarea, ninguna responsabilidad. Que nadie me llame, ni me busque, ni me pida... He querido seguir como si nada, envuelto en la capa de superheroe, sin mirar cara a cara a la herida, negando los problemas... Y el dolor y la tristeza me llenan ahora. Perdido, confuso y sin fuerzas. Con ganas -muchas veces- de llorar, sin atreverme a hacerlo por miedo a que el dolor y el llanto me ahoguen." (Octubre 2008. Tras la muerte de mi madre, de amigos muy queridos, de mi perro, tras el infarto.)
Sin duda, los cuadernos me han permitido enterrar en papel muchas tristezas, ponerles cara y mirarlas a los ojos. Y me han ayudado, sobre todo, para aprender que la vida, al fin, es una sucesión de momentos, unos buenos otros no tanto -yin y yang-, en la que prevalece aquella máxima del cuento sufí: "también esto pasará".
Hace años que no escribo en los cuadernos, tal vez porque ahora cuento con este "cuaderno virtual" que estás leyendo. Me sirve igualmente para expresar pensamientos, sentimientos y emociones... solo que ahora los comparto contigo que, pasas por aquí de vez en cuando, lees estas notas, y callas o dejas tus palabras, tus comentarios, convirtiendo el soliloquio en una conversación amiga.
domingo, 12 de mayo de 2013
sábado, 4 de mayo de 2013
La mala educación
Publicado por
Fernando de la Riva
El fulano "estaciona" su carrito en medio del pasillo mientras su señora comprueba los precios de las conservas de caballa. El personal ha de hacer complicadas maniobras para avanzar hacia los lácteos.
El perrito va sembrando de minas malolientes la calle. Su dueño mira para para otro lado mientras silba una canción.
La señora espera paciente a que la atiendan en la oficina del banco. El listo aprovecha un momento de despiste para colarse hábilmente sin esperar su turno.
El conductor acelera para pasar el semáforo antes de que empiecen a cruzar los peatones. La abuelita casi muere del susto.
Ese joven escucha la música de su móvil a todo volumen. El resto del autobús intenta leer, pensar, charlar con la persona de al lado...
La mamá deja que su hijito corretee por el vagón interrumpiendo el sueño o la lectura del resto de pasajeros. Estos/as sonríen forzadamente, temiendo que vuelvan a iniciarse los berridos desaforados.
La familia concluye alegre su jornada en la playa. Dejan su "territorio" cubierto de plásticos, latas vacías, pañales usados, colillas... El que venga detrás que lo limpie... o que se aguante.
Todos estos son ejemplos -reales- de "mala educación" o de personas "maleducadas". Su "mal" reside, fundamentalmente, en la ausencia de toda empatía, la incapacidad para ponerse en el lugar de las otras personas. Les importan un bledo. Primero son ellas y después también ellas.
Y no se te ocurra llamarles la atención, igual te llevas una bronca.
Si cedes el paso, si respetas la cola, si evitas ruidos y molestias al prójimo... eres un "pringao". Hay que ser espabilado, aprovechar las ocasiones, jugar con ventaja siempre que puedas.
Pienso que estos y otros ejemplos de mala educación colaboran tanto a la crispación social como la corrupción política o los abusos del poder. Con toda seguridad no son socialmente tan graves, pero contribuyen poderosamente al "ruido incívico", a la crisis de valores, al deterioro ético de nuestra sociedad.
Pensar en las otras personas, sentirse co-responsable del bienestar colectivo, poner de tu parte para hacer más fácil la convivencia ciudadana... son todos ellos valores necesarios que han de aprenderse, que han de educarse. Y no solo, ni fundamentalmente, en la escuela.
martes, 23 de abril de 2013
Navegando al pie del Moncayo
Publicado por
Fernando de la Riva
Imagínate un pueblecito, blanco y ocre, al pie del Moncayo.
En él, una nave luminosa para el aprendizaje y el encuentro.
En ella, docenas de jóvenes -y no tan jóvenes- navegantes sentados en círculo, unidas sus manos y sus corazones.
Vienen de aquí y de allá, de lugares muy distintos y distantes, y se reúnen para compartir una singladura común de sueños, miradas, emociones, abrazos, ideas, sonrisas, acciones... rumbo a la participación social.
Estas gentes -que se declaran habitantes del planeta Utopía- están convencidas de que el mundo necesita cambiar, que no puede soportar tanta desigualdad, tanta opresión, tanta injusticia... pero afirman que solo puede lograrlo si las personas queremos y si lo queremos juntas.
Y ahora gritan al unísono: ¡SI SE PUEDE!
Pero dicen que, para alcanzar esa meta, ese PODER -que transforma el mundo- no basta con QUERER. Es preciso APRENDER a hacerlo y aprender a hacerlo juntas, .
A ese aprendizaje colectivo le llaman Educación para la Participación y lo viven con pasión: ParticiPasión.
Dicen que los caminos de ese viaje-aprendizaje, pasan por el corazón, la mente y el cuerpo... y recorren el arte y el juego... y avanzan por el diálogo, la palabra y la escucha...
Y lo dicen mientras bailan, se abrazan y disfrutan ("zaragosan").
Porque estas gentes afirman la necesidad del compromiso con el sueño de un mundo nuevo, pero sostienen que ese sueño solo se puede construir con alegría, con amor, con caricias y besos, con mimo y con mimos, con ternura.... y hacerlo de la mano, cuidándose mutuamente, tejiendo complicidades... porque si no es así, no merecerá la pena.
En este viaje -como en el de Itaca- la meta se confunde con el camino.
En él, una nave luminosa para el aprendizaje y el encuentro.
En ella, docenas de jóvenes -y no tan jóvenes- navegantes sentados en círculo, unidas sus manos y sus corazones.
Vienen de aquí y de allá, de lugares muy distintos y distantes, y se reúnen para compartir una singladura común de sueños, miradas, emociones, abrazos, ideas, sonrisas, acciones... rumbo a la participación social.
Estas gentes -que se declaran habitantes del planeta Utopía- están convencidas de que el mundo necesita cambiar, que no puede soportar tanta desigualdad, tanta opresión, tanta injusticia... pero afirman que solo puede lograrlo si las personas queremos y si lo queremos juntas.
Y ahora gritan al unísono: ¡SI SE PUEDE!
Pero dicen que, para alcanzar esa meta, ese PODER -que transforma el mundo- no basta con QUERER. Es preciso APRENDER a hacerlo y aprender a hacerlo juntas, .
A ese aprendizaje colectivo le llaman Educación para la Participación y lo viven con pasión: ParticiPasión.
Dicen que los caminos de ese viaje-aprendizaje, pasan por el corazón, la mente y el cuerpo... y recorren el arte y el juego... y avanzan por el diálogo, la palabra y la escucha...
Y lo dicen mientras bailan, se abrazan y disfrutan ("zaragosan").
Porque estas gentes afirman la necesidad del compromiso con el sueño de un mundo nuevo, pero sostienen que ese sueño solo se puede construir con alegría, con amor, con caricias y besos, con mimo y con mimos, con ternura.... y hacerlo de la mano, cuidándose mutuamente, tejiendo complicidades... porque si no es así, no merecerá la pena.
En este viaje -como en el de Itaca- la meta se confunde con el camino.
"Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias"
C. Cavafis
jueves, 18 de abril de 2013
Libre pensamiento y escucha del otro
Publicado por
Fernando de la Riva
El otro día, volviendo a ver -emocionado- la magnífica entrevista que Jordi Evole le hizo a Jose Luis Sampedro, entre las muchas lecciones del maestro desaparecido, me llamó la atención su insistencia en la libertad de pensamiento como la clave de bóveda de la democracia y la transformación social.
Sampedro decía que el sistema nos educa para "ser buenos borregos, para no tener pensamiento propio", y decía también que "sin libertad de pensamiento de nada sirve la libertad de expresión".
Creo que el mensaje es particularmente oportuno ante la sostenida hegemonía del pensamiento único ("este es el único mundo posible") y en un tiempo de fanáticos como el que vivimos, con tanta gente dispuesta a partirle la cabeza a quien haga falta en nombre de una idea, una consigna, un partido, una patria, una religión, un club de fútbol...
En nuestra sociedad actual, en la vida pública, no existe prácticamente el diálogo, solo una sucesión de monólogos, por lo general "gritados", arrojados a la cara del otro. La escucha sigue siendo la gran asignatura pendiente de la convivencia social.
Se parte de la base de que el otro no tiene nada que aportarnos y, muy probablemente, del miedo a que sus razones puedan contaminar las nuestras. Por eso se recurre con tanta facilidad a la descalificación, a la agresión verbal, al insulto en las tertulias de los medios de comunicación y en las redes sociales.
Y esta perversión no es algo que se ejerza contra los antagonistas o los contrarios, sino que se practica también entre los afines. Belen Gopegui, alertaba hace algunos días sobre la "hostilidad horizontal", que se parece mucho a la intransigencia y la exclusión del otro, y hace imposible la acción unitaria.
En la entrevista a Sampedro destacaba también el contraste entre la contundencia crítica de los mensajes y la suavidad de las palabras, su tono mesurado y tranquilo.
Es curioso, los energúmenos están convencidos de que cuanto más levanten la voz más fuerza tendrán sus argumentos, y es justo al contrario.
Yo también creo que es fundamental la libertad de pensamiento, estimular el pensamiento propio, el pensamiento crítico, desconfiando de quienes pretenden imponernos una visión única de las cosas, la suya, sean estos quienes sean.
Se ha criticado mucho el llamado "relativismo cultural", por ejemplo desde las filas de la jerarquía católica y el pensamiento neoconservador, pero lo contrario es etnocentrismo, dogmatismo, pensamiento único, imposición.
Y creo que esa afirmación del libre pensamiento implica también una apuesta necesaria por la escucha mutua y el diálogo, por la negociación y el acuerdo. O sea, por la democracia.
Escribo estas líneas a punto de viajar hacia Torrellas, para participar en el VII Encuentro de Educación para la Participación con un montón de amigos y amigas muy queridos. Y en mi cabeza resuenan estas dos claves fundamentales: aprender a pensar con libertad y aprender a escuchar al otro.
Sampedro decía que el sistema nos educa para "ser buenos borregos, para no tener pensamiento propio", y decía también que "sin libertad de pensamiento de nada sirve la libertad de expresión".
Creo que el mensaje es particularmente oportuno ante la sostenida hegemonía del pensamiento único ("este es el único mundo posible") y en un tiempo de fanáticos como el que vivimos, con tanta gente dispuesta a partirle la cabeza a quien haga falta en nombre de una idea, una consigna, un partido, una patria, una religión, un club de fútbol...
En nuestra sociedad actual, en la vida pública, no existe prácticamente el diálogo, solo una sucesión de monólogos, por lo general "gritados", arrojados a la cara del otro. La escucha sigue siendo la gran asignatura pendiente de la convivencia social.
Se parte de la base de que el otro no tiene nada que aportarnos y, muy probablemente, del miedo a que sus razones puedan contaminar las nuestras. Por eso se recurre con tanta facilidad a la descalificación, a la agresión verbal, al insulto en las tertulias de los medios de comunicación y en las redes sociales.
Y esta perversión no es algo que se ejerza contra los antagonistas o los contrarios, sino que se practica también entre los afines. Belen Gopegui, alertaba hace algunos días sobre la "hostilidad horizontal", que se parece mucho a la intransigencia y la exclusión del otro, y hace imposible la acción unitaria.
En la entrevista a Sampedro destacaba también el contraste entre la contundencia crítica de los mensajes y la suavidad de las palabras, su tono mesurado y tranquilo.
Es curioso, los energúmenos están convencidos de que cuanto más levanten la voz más fuerza tendrán sus argumentos, y es justo al contrario.
Yo también creo que es fundamental la libertad de pensamiento, estimular el pensamiento propio, el pensamiento crítico, desconfiando de quienes pretenden imponernos una visión única de las cosas, la suya, sean estos quienes sean.
Se ha criticado mucho el llamado "relativismo cultural", por ejemplo desde las filas de la jerarquía católica y el pensamiento neoconservador, pero lo contrario es etnocentrismo, dogmatismo, pensamiento único, imposición.
Y creo que esa afirmación del libre pensamiento implica también una apuesta necesaria por la escucha mutua y el diálogo, por la negociación y el acuerdo. O sea, por la democracia.
Escribo estas líneas a punto de viajar hacia Torrellas, para participar en el VII Encuentro de Educación para la Participación con un montón de amigos y amigas muy queridos. Y en mi cabeza resuenan estas dos claves fundamentales: aprender a pensar con libertad y aprender a escuchar al otro.
viernes, 12 de abril de 2013
Una de zombis
Publicado por
Fernando de la Riva
Están ensimismados, recreándose en la contemplación de sus ombligos, entretenidos en sus disputitas domésticas ("Y tú más") y no se enteran del lío que está montado.
Van a imponer una distancia de 300 metros a los ciudadanos y ciudadanas -o sea: SUS representados- que quieran acercarse a reclamar.
Se aislarán -aún más- en la burbuja de cristal para que nada de la realidad circundante les salpique.
No se enteran de que se acaba el viejo mundo de sus politiqueos y sus luchas de poder, que estamos cambiando de era.
Repiten, en sus formas caducadas de hacer política, lenguajes, categorías y paradigmas que ya no significan nada. Disputan como hienas por un puñado de votos mientras la democracia se desangra.
Se escandalizan porque las personas afectadas por los desahucios vayan a su casa, a su calle, a llevar la protesta. Apelan al derecho a la privacidad, a la inviolabilidad del domicilio... mientras consienten con la vulneración sistemática de otros derechos constitucionales: el derecho a la vivienda, al trabajo, a la salud.
Piden respeto para sus hijos y sus familias, mientras legislan y gobiernan contra los intereses y derechos de millones de familias e hijos.
Y no se sonrojan por el derroche de cinismo que todo ello implica. Por el contrario, se sienten incomprendidos y perplejos ante una realidad y una ciudadanía que no alcanzan a entender.
No se enteran de que la propia democracia hace aguas.
La democracia representativa se sostiene sobre un pacto social básico: los grupos y partidos políticos proponen a la ciudadanía un conjunto de propuestas, un programa, que se comprometen a defender, si salen elegidos, en representación de sus electores.
Este principio ha sido sistemáticamente transgredido. En nuestra historia reciente, cuando el gobierno de Zapatero renunció a su programa para seguir las imposiciones de la UE sin convocar nuevas elecciones, y cuando Mariano Rajoy y el PP incumplieron en todos sus términos el programa electoral con el fueron elegidos mayoritariamente.
Resulta irónico, cínico y hasta indecente que se llenen la boca con la democracia pero no tengan problema alguno en traicionarla cuando les viene bien.
El pacto social se ha roto. Han quebrado todas las reglas. Ahora vale todo.
Vivimos bajo el gobierno de la "política zombi", políticos y políticas, partidos que se creen vivos pero están muertos, ahogados en el tsunami del cambio social.
Y ya huelen.
sábado, 6 de abril de 2013
Dos fábulas para cambiar de era
Publicado por
Fernando de la Riva
Ultimamente, cuando intento compartir con los grupos con los que trabajo algunas ideas sobre cómo abordar el cambio de era al que estamos asistiendo, recurro a dos fábulas que me ayudan en la comunicación.
Y es que las metáforas -que no son otra cosa- resultan una herramienta idónea para compartir ideas complejas, porque son abiertas, permiten la libre interpretación de cada persona, la proyección de sus propios imaginarios, y facilitan la comprensión de la idea, su apropiación.
Esta es la razón por la que los cuentos han sido un vehículo milenario de conocimiento y aprendizaje, desde que los primeros grupos de homo sapiens inventaron el lenguaje para comunicarse y se reunían en torno al fuego a narrar historias.
Del mismo modo, también hoy necesitamos relatos que nos ayuden a entender la extrema complejidad del tiempo presente y los cuentos vienen otra vez en nuestra ayuda, aunque ahora los compartamos en torno a los modernos fuegos donde se reunen las nuevas tribus que son las redes sociales (tal y como yo lo intento ahora, mientras me estás leyendo).
Pues bien, la primera de las fábulas es la del nadador, o la nadadora, que se tira al agua, abandonando la orilla conocida, y bracea en mitad de la corriente del río, sin poder volver atrás, sin saber cuanto falta por llegar al otro lado ni qué le espera en la otra orilla.
Así imagino yo nuestra situación en medio de las profundas transformaciones sociales que estamos viviendo, sin posibilidad de regreso a un pasado conocido y sin vislumbrar aún los perfiles del futuro que nos aguarda, braceando en la incertidumbre.
Si el nadador o la nadadora se deja llevar por la impaciencia pueden agotarse, y si se deja arrastrar por el miedo, este puede convertirse en pánico, paralizarle e impedirle avanzar. Lo más probable es que se ahogue. Necesariamente ha de confiar en sus fuerzas, avanzar a su ritmo y aprovechar la fuerza de la corriente para alcanzar con éxito la otra orilla.
La segunda de las metáforas, que complementa la anterior, es la del explorador (o la exploradora).
Somos como uno de aquellos exploradores míticos del siglo XIX, un Livingstone o una Mary Kingsley cualquiera, que avanzamos por la selva intrincada sin mapa que nos permita adivinar el camino a seguir, descubriendo el paisaje a golpe de machete, paso a paso, respondiendo a los retos que se nos plantean -un río que vadear, el ataque de una fiera, una siniestra sima...- conforme van surgiendo.
De esa forma imagino que nos toca avanzar hacia el futuro: sin mapas, sin referencias, "haciendo camino al andar" que decía Antonio Machado.
Si nuestro ánimo es temeroso, si tan solo vemos en el horizonte sombras y amenazas, eso nos hará más vulnerables y nuestra marcha será doblemente lenta y difícil. Pero también podemos abordar el camino como una apasionante aventura, con la pasión de descubrir nuevos paisajes, de superar nuevos retos, de aprender nuevas habilidades y destrezas que nos transformen en personas mejores al alcanzar la meta, sea cual sea ésta.
No sabemos como será el mundo que nos aguarda y, probablemente, no será fácil llegar hasta allí, pero tenemos la oportunidad de avanzar hacia el futuro con ilusión y con curiosidad, aprendiendo y disfrutando del camino. Que el viejo y sabio Mercurio, el dios de los caminantes, nos acompañe en el viaje.
Y es que las metáforas -que no son otra cosa- resultan una herramienta idónea para compartir ideas complejas, porque son abiertas, permiten la libre interpretación de cada persona, la proyección de sus propios imaginarios, y facilitan la comprensión de la idea, su apropiación.
Esta es la razón por la que los cuentos han sido un vehículo milenario de conocimiento y aprendizaje, desde que los primeros grupos de homo sapiens inventaron el lenguaje para comunicarse y se reunían en torno al fuego a narrar historias.
Del mismo modo, también hoy necesitamos relatos que nos ayuden a entender la extrema complejidad del tiempo presente y los cuentos vienen otra vez en nuestra ayuda, aunque ahora los compartamos en torno a los modernos fuegos donde se reunen las nuevas tribus que son las redes sociales (tal y como yo lo intento ahora, mientras me estás leyendo).
Pues bien, la primera de las fábulas es la del nadador, o la nadadora, que se tira al agua, abandonando la orilla conocida, y bracea en mitad de la corriente del río, sin poder volver atrás, sin saber cuanto falta por llegar al otro lado ni qué le espera en la otra orilla.
Así imagino yo nuestra situación en medio de las profundas transformaciones sociales que estamos viviendo, sin posibilidad de regreso a un pasado conocido y sin vislumbrar aún los perfiles del futuro que nos aguarda, braceando en la incertidumbre.
Si el nadador o la nadadora se deja llevar por la impaciencia pueden agotarse, y si se deja arrastrar por el miedo, este puede convertirse en pánico, paralizarle e impedirle avanzar. Lo más probable es que se ahogue. Necesariamente ha de confiar en sus fuerzas, avanzar a su ritmo y aprovechar la fuerza de la corriente para alcanzar con éxito la otra orilla.
La segunda de las metáforas, que complementa la anterior, es la del explorador (o la exploradora).
Somos como uno de aquellos exploradores míticos del siglo XIX, un Livingstone o una Mary Kingsley cualquiera, que avanzamos por la selva intrincada sin mapa que nos permita adivinar el camino a seguir, descubriendo el paisaje a golpe de machete, paso a paso, respondiendo a los retos que se nos plantean -un río que vadear, el ataque de una fiera, una siniestra sima...- conforme van surgiendo.
De esa forma imagino que nos toca avanzar hacia el futuro: sin mapas, sin referencias, "haciendo camino al andar" que decía Antonio Machado.
Si nuestro ánimo es temeroso, si tan solo vemos en el horizonte sombras y amenazas, eso nos hará más vulnerables y nuestra marcha será doblemente lenta y difícil. Pero también podemos abordar el camino como una apasionante aventura, con la pasión de descubrir nuevos paisajes, de superar nuevos retos, de aprender nuevas habilidades y destrezas que nos transformen en personas mejores al alcanzar la meta, sea cual sea ésta.
No sabemos como será el mundo que nos aguarda y, probablemente, no será fácil llegar hasta allí, pero tenemos la oportunidad de avanzar hacia el futuro con ilusión y con curiosidad, aprendiendo y disfrutando del camino. Que el viejo y sabio Mercurio, el dios de los caminantes, nos acompañe en el viaje.
jueves, 28 de marzo de 2013
El pijama
Publicado por
Fernando de la Riva
Hoy me he manchado el pantalón cuando recogía la mesa después de la comida y para echar la siesta me he puesto el pantalón del pijama.
No tengo otro, siempre he dormido con una camiseta cualquiera, pero es el que heredé de mi hermano Carlos que se lo dejó olvidado en su última visita, unos meses antes de su muerte.
Acariciando su tela suave me he acordado de él pensando cuantas veces se lo habría puesto.
No es que necesite el pijama -como Proust su famosa magdalena- para recordarle, lo hago muy a menudo porque en mi casa son muchas las cosas que me hablan de él: las espinas de pochote que él tallaba y convertía en castillos e iglesias minúsculos, o las camisetas con motivos de Guadalajara que siempre traía en sus viajes, y una en especial -ya muy viejecita- con la imagen del Hombre de Fuego, el mural de Orozco que corona la cúpula del Hospicio Cabañas que visitamos con toda la familia Nuñez. Pero también una preciosa cerámica con una luna sonriente que se ilumina por dentro, y una pequeña calaca de Frida Khalo, y una hermosa caracola de madera pulida que quiso regalarnos en un viaje al lago Chapala, y otro montón de objetos que recuerdan tantos encuentros.
Y, por supuesto, docenas de fotos. Frente a mi mesa de trabajo, en el tablero de corcho donde se van reuniendo las fotos de las gentes queridas (antes de que llegara la fotografía digital), hay muchas fotos en las que estamos juntos, desde aquellas primeras en las que aparecemos jóvenes y embigotados, hasta las más recientes -ya canosos- sentados frente al mar de Cádiz en alguna de sus últimas visitas.
La que más me conmueve es una que le retrata en nuestra casa de Aluche, en Madrid, en aquél viaje de 1992, tras la muerte reciente de Graciela que le dejó hundido y lleno de negras ideas. Me emociona recordarlo porque en aquella ocasión, por primera vez, pude ver el rostro más vulnerable de mi amigo y descubrir que los grandes hombres -y Carlos lo era- son, antes que maestros y líderes, personas tan frágiles como pajarillos. Y eso les hace, paradójicamente, más cercanos y sabios.
Así que, como digo, son muchas las cosas que me traen continuamente su memoria, igual que esta tarde el tacto suave de su pijama.
Pero seguramente tanto recuerdo no es una casualidad, ni siquiera una broma de su espíritu burlón que -a punto de cumplirse 5 años de su pérdida- continua haciéndose presente para seguir con la chufla que siempre nos traíamos. Probablemente sea un mecanismo de defensa para no sentir tanto su ausencia, para no echarle tanto de menos, para mantenerlo vivo en mi corazón.
No tengo otro, siempre he dormido con una camiseta cualquiera, pero es el que heredé de mi hermano Carlos que se lo dejó olvidado en su última visita, unos meses antes de su muerte.
Acariciando su tela suave me he acordado de él pensando cuantas veces se lo habría puesto.
No es que necesite el pijama -como Proust su famosa magdalena- para recordarle, lo hago muy a menudo porque en mi casa son muchas las cosas que me hablan de él: las espinas de pochote que él tallaba y convertía en castillos e iglesias minúsculos, o las camisetas con motivos de Guadalajara que siempre traía en sus viajes, y una en especial -ya muy viejecita- con la imagen del Hombre de Fuego, el mural de Orozco que corona la cúpula del Hospicio Cabañas que visitamos con toda la familia Nuñez. Pero también una preciosa cerámica con una luna sonriente que se ilumina por dentro, y una pequeña calaca de Frida Khalo, y una hermosa caracola de madera pulida que quiso regalarnos en un viaje al lago Chapala, y otro montón de objetos que recuerdan tantos encuentros.
Y, por supuesto, docenas de fotos. Frente a mi mesa de trabajo, en el tablero de corcho donde se van reuniendo las fotos de las gentes queridas (antes de que llegara la fotografía digital), hay muchas fotos en las que estamos juntos, desde aquellas primeras en las que aparecemos jóvenes y embigotados, hasta las más recientes -ya canosos- sentados frente al mar de Cádiz en alguna de sus últimas visitas.
La que más me conmueve es una que le retrata en nuestra casa de Aluche, en Madrid, en aquél viaje de 1992, tras la muerte reciente de Graciela que le dejó hundido y lleno de negras ideas. Me emociona recordarlo porque en aquella ocasión, por primera vez, pude ver el rostro más vulnerable de mi amigo y descubrir que los grandes hombres -y Carlos lo era- son, antes que maestros y líderes, personas tan frágiles como pajarillos. Y eso les hace, paradójicamente, más cercanos y sabios.
Así que, como digo, son muchas las cosas que me traen continuamente su memoria, igual que esta tarde el tacto suave de su pijama.
Pero seguramente tanto recuerdo no es una casualidad, ni siquiera una broma de su espíritu burlón que -a punto de cumplirse 5 años de su pérdida- continua haciéndose presente para seguir con la chufla que siempre nos traíamos. Probablemente sea un mecanismo de defensa para no sentir tanto su ausencia, para no echarle tanto de menos, para mantenerlo vivo en mi corazón.
viernes, 22 de marzo de 2013
Póngame las pilas, por favor
Publicado por
Fernando de la Riva
Si, parece que -al menos en una parte del tejido asociativo solidario- estamos concluyendo la etapa del duelo, del llanto por la crisis y las lamentaciones por el fin de una era, por el ocaso de un modelo organizativo envejecido, por la pérdida del sostenimiento financiero de papa estado... y está llegando al fin la aceptación de nuestra realidad y con ella la decisión de tirar para adelante y seguir peleando.
Tal vez, ahora nos miramos al espejo y vemos más delgadas nuestras organizaciones, que han tenido que prescindir de mucha gente, de todo lo superfluo, lo que no era imprescindible. Y nos sentimos un poco abandonadas, sin el respaldo de una administración pública que no solo no tiene dinero para ayudarnos sino que también carece de ideas para poner en pie soluciones alternativas y hasta parece indiferente a las causas sociales que defendemos y representamos.
Pero descubrimos que no estamos solas. A nuestro lado, muy cerca, hay otras muchas organizaciones de iniciativa social a las que antes nos costaba ver siquiera, porque eran "la competencia" con la que disputábamos los recursos, y ahora las vemos como compañeras con las que compartimos necesidades y dificultades pero también territorios y objetivos.
Descubrimos que las personas drogodependientes son a la vez mujeres, y pobres, e inmigrantes, y sufren discapacidades, y viven en los mismos barrios, y respiran el mismo aire contaminado, y han de defender los mismos derechos amenazados, y etcétera, etcétera. Comprobamos así que nos dirigimos a las mismas personas.
Nuestras misiones organizativas, nuestros fines y objetivos son perfectamente complementarios unos de otros, porque la realidad que compartimos es una sola, y en ella están interrelacionados todos los problemas, como lo están inevitablemente las soluciones.
Todas las organizaciones sociales estamos, como se dice, "en el mismo barco", y eso nos permite unir fuerzas y remar juntas, aprovecharnos mutuamente de las capacidades ajenas, compartir recursos, sumar los saberes particulares para multiplicar nuestra inteligencia colectiva que nos hace mucho más fuertes.
Ahora estamos aceptando que dependemos de nosotras mismas, de la gente que formamos las organizaciones y de la gente que nos apoya, y somos al mismo tiempo interdependientes, dependemos unas organizaciones de otras para poder alcanzar nuestros objetivos. Y reconocerlo así nos sirve para cargar las pilas y llenarnos de energía, de fuerza para enfrentar el futuro.
Es cierto que hemos tenido que abandonar una cierta "zona de confort" en la que vivíamos con relativa comodidad, concentradas en nuestros servicios y prestaciones subvencionados, en nuestra tarea subsidiaria de la administración. Es cierto que nos toca re-crear o reinventar nuestras organizaciones, nuestras formas de acción, nuestros recursos, nuestras formas de comunicación con el entorno...
Pero la nueva era que iniciamos está llena de promesas, de búsquedas y descubrimientos, de retos ilusionantes y metas soñadas, que llenan de sangre y pasión nuestras venas organizativas, que nos rejuvenecen.
¡Larga vida a las organizaciones solidarias, que cambiaron el mundo muchas veces y volverán a hacerlo una vez más!
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